Lesiones de historia patria: el nacionalismo

Lesiones de historia patria: el nacionalismo

El nacionalismo es una de las grandes pasiones del siglo XX, fuente de guerras, atrocidades y solidaridades no superadas por ningún otro sentimiento público. En la historia de los pueblos, el nacionalismo es la raya fundadora del yo y el nosotros como opuesto al tú y al ellos. Es una certidumbre que incluye la pasión tribal de la pertenencia y la pasión paranoica del agravio que otros nos han infligido.

Como con muchas otras pasiones públicas, lo decisivo en el nacionalismo es una cuestión de grado. Puede ser una fuerza vinculante, proveedora de cohesión, y puede ser un demonio colectivo en busca de venganzas por agravios reales o imaginarios. Puede ser una pasión agresiva o una pasión solidaria. Pero es un licor potente y tóxico que separa tanto como une, y se derrama con facilidad.

El nacionalismo mide el mundo en superioridad o inferioridad, en triunfo o derrota, en nos hicieron y les hicimos. El nacionalismo no sabe olvidar, mejor dicho, recuerda continuamente lo que otros nos hicieron injustamente y lo que heroicamente les hicimos a otros. No olvida ninguna de las dos cosas, porque en ese victimar a los demás o ser victimados por ellos está el secreto de nuestra pertenencia y nuestra diferencia, el secreto último que nos hace a nosotros “nosotros” y a ellos “ellos”.

El nacionalismo ha sido una de las pasiones de México. Lo ha unido y también le ha torcido la mirada.

Nuestro nacionalismo se estrena inventándose víctima de la dominación española y culmina asumiéndose víctima de la codicia norteamericana. El mito de los Niños Héroes, un grupo de cadetes que pierden la vida peleando contra el invasor estadunidense en 1848, resume todas las aristas del victimismo nacionalista: la heroicidad del caído, el abuso del triunfador, la bondadosa inermidad de la nación, la perversa codicia del extranjero, la melancolía de la derrota, el temor a la repetición del daño.

El nacionalismo cohesionó a México, le dio sentido de país y orgullo de comunidad, pero también le cerró los ojos, estimuló su provincianismo, lo llenó de mentiras exaltadoras. En el camino de la construcción nacionalista mexicana se han acumulado muchas mentiras fundadoras, constitutivas de nuestros orgullos nacionales.

El nacionalismo defensivo fue una especialidad de la pedagogía pública del siglo XX mexicano, uno de los productos estelares de ese gran surtidor de mitos cohesionadores que fue la Revolución Mexicana.

Héctor Aguilar Camín/mileniodiario

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