La utopía

La utopía
Diptych

Para que una utopía deje de serlo, lo primero que tenemos que hacer es plantearla, sugería Leszek Kolakowski en un libro que leí en mis épocas de estudiante: El hombre sin alternativas. Hasta donde puedo comprender, la existencia de una sociedad civil mexicana democrática en la que se imparta justicia, se respeten las libertades individuales de sus ciudadanos y los legisladores sean hombres sabios y preocupados por el bien común, es desde luego una utopía. Sin embargo, en esta breve nota que escribo me ocuparé de esa utopía que en mi opinión, aunque vuelva a plantearse, nunca dejará de serlo.

La libertad y el derecho a la vida privada no son palabras vacías, sino conceptos que se han decantado a lo largo de muchos años de discusiones y reflexiones sobre la convivencia. No se inventan todos los días, ni se acomodan a la conveniencia de un gobierno provisional o a la moral de una clase poderosa. Las leyes son acuerdos entre personas extrañas, cada una de ellas distinta a las demás en cierta medida. Y, sin embargo, esto no es impedimento para establecer reglas que nos permitan habitar con tranquilidad un espacio común. No he dicho nada nuevo, pero sí algo que ha sido completamente pasado por alto en las discusiones acerca de los límites entre la moral pública y la privada. ¿Qué pueden importarme a mí los valores morales del vecino si ambos debemos regirnos por las mismas reglas? Dos extraños que han llegado a un acuerdo pese a sus concepciones completamente diferentes del mundo. Su único deber es cumplir las normas que ellos mismos crearon, renunciando siempre a una fracción de interés propio (Hume, Rousseau, Kant, Stuart Mill).

Si mi vecino aspira cocaína o fuma marihuana, si se considera cristiano, si es antisemita o comunista, o se masturba pensando en una cerda es asunto que le concierne sólo a él. Es su vida privada y mientras cumpla con las normas prácticas para la convivencia común, no tengo ningún derecho a obligarlo a comportarse de otra manera. Un ciudadano debe pagar impuestos, no perturbar la vida privada de los otros, no imponer por coerción sus ideas, no secuestrar o asesinar, entrometerse lo menos posible en los asuntos privados de sus vecinos, en suma: cumplir con acuerdos inteligentes y tolerantes que tiendan hacia el respeto de la libertad y la vida privada de los demás.

En México los partidos políticos carecen de peso moral, los legisladores sólo velan por sus intereses, la corrupción impera y los monopolios desvían las leyes a su conveniencia. No veo cómo sea posible construir una sociedad sobre estas ruinas. ¿Cómo hemos llegado a crear una sociedad tan estúpida? Cada quien tendrá sus opiniones, pero desde mi punto de vista la única manera de reconstruir la libertad civil desde sus principios comenzaría por darle la espalda a los partidos políticos, hacer caso omiso de las votaciones, despreciar a quienes se han enriquecido de manera desmedida, exhibiéndolos o haciendo escarnio público de ellos, pero sobre todo, ejerciendo en lo individual el derecho que se tiene a la libertad, a través de la reflexión, del escepticismo, de las asociaciones civiles que buscan la mejoría en la vida común, etcétera. Es saludable quitarles la palabra a los actores políticos actuales (jueces, empresarios, legisladores). En una sociedad civil avanzada, liberal y respetuosa de las normas, la prohibición del consumo de drogas sería una aberración.

Me simpatizan todos aquellos que se oponen a las imposiciones morales de la marabunta política y luchan por hacer de su comunidad un lugar habitable. Tienen derecho a plantear su utopía.

Guillermo Fadanelli

Fuente: http://www.moho.ws

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