La tentación amarilla

 La tentación amarilla

El asesinato de los niños de Córdoba, del que presuntamente es culpable su padre, constituye una materia predilecta para aquellos que, sin pudor alguno, consideran que informar es también violentar las reglas de la información. Todos los elementos (sobre todo los elementos gráficos) de una noticia no son legítimos, aunque sean naturales y asequibles, y aunque puedan ofrecer el interés amarillento que demanda una población cada más interesada en conocer aquello que más le perturbe.

Ha pasado en este caso y suele suceder. Estamos en una sociedad cada vez más acostumbrada a que la ausencia de fronteras sea presentada como una conquista de la libertad de expresión. El caso de los niños de Córdoba presenta en su esencia todos los elementos de la maldad, y como tal lo recibe la sociedad. Pero para percibir eso la sociedad no necesita además ver absolutamente todos los elementos que revelan la existencia de esa conciencia infernal que acabó con la vida de los niños. Cada gesto del padre, cada resto de los hallados en la hoguera que supuestamente él puso en funcionamiento para acabar con los menores asesinados, tiene un enorme valor forense; pero no todos los detalles de este suceso son necesariamente útiles o imprescindibles para la información, gráfica o escrita, que se dé de ello en los medios de acceso público. El periodismo tiene algunas barreras, y esas barreras son exactamente las del pudor que marca el sentido común cuando ha de referirse al dolor que puede suponer (para los que lo sufren directamente, pero también para toda la población) una noticia ofrecida con los materiales propios del sensacionalismo.

En esta tentación amarilla puede verse el sustrato de una enorme hipocresía. Desde el supuesto de que cuanto más horror vea la sociedad más ejemplo se da para que eso no ocurra otra vez, se presentan hasta el paroxismo todos los elementos del caso, sin tener en cuenta esos límites. Detrás hay solo la intención de llamar a los lectores o a los televidentes a que miren desde la primera fila las heridas del horror, y a que lo hagan como si estuvieran asistiendo a un espectáculo más.

Juan Cruz/http://blogs.elpais.com/juan_cruz

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