Hubo un tiempo en Europa…

Hubo un tiempo en Europa…

No es por amargar la fiesta a nadie, pero ¿hacia dónde vamos? En la última década, Occidente ha pegado un cambio que no lo conoce ni la madre que lo parió. Me refiero fundamentalmente a Europa; a una Europa que ha vivido de sus rentas intelectuales, de las bases económicas y jurídicas; ese Viejo Continente que ha sabido rentabilizar la separación de poderes o la creación de
la diplomacia.

Es cierto que Europa ha sido la gran hacedora de cómo vivimos en la actualidad, de cómo están asentadas las bases de la democracia, de la judicatura o de la economía.

Pero “todo cambia, nada permanece en su ser”, como dice el aforismo de Heráclito. Así es la vida, y así fluye en un constante movimiento. La diferencia es que antes todo cambiaba ajustándose al tiempo. Ahora, el tiempo es rehén del propio tiempo.

Pero retomo la pregunta inicial: ¿hacia dónde vamos? Grecia, Italia, Portugal, Irlanda o España se encuentran en una situación tan degradada, desde el punto de vista de sus finanzas, que se caen y se caen pero no se levantan. Lo malo es que los ciudadanos se caen con ellas. Y todo por el ansia, por el abuso de los políticos, de los gobernantes, de los banqueros; el abuso de los propios ciudadanos, porque también tenemos una parte alícuota de responsabilidad.

En Europa hubo un tiempo en el que había trabajo para todos; hubo un tiempo en Europa en el que, de una manera u otra, todos llegábamos a final de mes; hubo un tiempo en Europa en que la vida era relativamente sencilla. El dinero era muy barato e hizo que nos entrampáramos hasta las orejas. Era lo que eufónicamente denominamos “el Estado de Bienestar” en el que “pedíamos y se nos daba”.

No nos dábamos cuenta, sin embargo, que se trataba de algo anormal. ¿Dónde quedó el sacrificio? Los políticos y los banqueros se lo llevaban crudo. Hacían negocios sin que nadie levantara la voz porque, en el fondo, no queríamos problemas. La situación no pintaba mal para nadie. No señalábamos con el dedo a nadie porque todo era sencillo para todos.

Entonces, ¿qué pasó? Que el numerito se desplomó como un castillo de naipes, porque los cimientos eran de madera y no de hormigón, como debieron haber fabricado la casa europea.

Ahora nos encontramos con un Occidente que se ahoga en el vómito de su propio neoliberalismo, de sus excesos, de sus debilidades. Nos encontramos con un Occidente carente de valores porque se borraron en cuanto nos dijeron que todo era fácil.

Dicen que asistimos al nacimiento de un nuevo modelo. No lo veo. Lo que veo es que estamos asistiendo a nuestro entierro. No conozco a nadie que haya intentado crear el elixir para resucitarnos. Conocemos nuestra defunción; incluso dónde va a ser el entierro, pero no tenemos ni idea de que no vamos a resucitar. Eso es lo que le pasa a Occidente; eso es lo que le ocurre a Europa, a la Vieja Europa que huele a podrido, y lo peor es que nosotros estamos dentro de ella.

Alberto Pelaez/mileniodiario

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