El pijama de Dios

El pijama de Dios
Pintura de Gemma GALO

Me dijo aquel tipo: «Esto de pasar las noches en los antros es como subirte a un tren y para el viaje te instalases en el furgón de cola. No es el primero en llegar a la estación, muchacho, pero es el que menos veces descarrila». Le hice caso y permanecí casi treinta años en aquel ambiente en una actitud ambigua entre la pasión y el descuido, siempre al fondo de la barra, con el escepticismo en los ojos y la espalda apoyada en la pared, a medio camino entre el ansia y el cansancio, como un pájaro atrapado en un condón, hasta que a los pocos meses una madrugada aquel tipo me dijo que la mía era la actitud que me convenía para conocer la maquinaria del vicio sin ser triturado por sus  engranajes. Con el tiempo me convertí casi en uno de los suyos e incluso el propietario de un local puso a mi disposición un catre y un pijama. Las chicas y los macarras me trataban con afecto, a veces incluso con cierta devoción, como si mis crónicas para el periódico fuese a publicarlas –sin semen, sin sangre y sin malicia– en las Tablas de Moisés. Hacían que me sintiese seguro en aquel ambiente sórdido y criminal en el que había sanguijuelas capaces de sacarle la sangre al mármol de una estatua. No me importaba que a la gente de orden aquello le resultase indecente y yo les pareciese un tipo inmoral. En realidad nunca creí que la gente sensata tuviese razón. Desconocían aquel mundo y que lo juzgasen me parecía una extravagancia. A veces la decencia no es más que una manifestación de la cobardía. He visto en los antros más entereza moral que cualquier domingo en la cola de la panadería. Y aunque parezca algo interesado, juraría que al lado del mío recuerdo haber visto en aquel antro el pijama apócrifo de Dios.

José Luis Alvite/larazon.es

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