El mito y el nómada

El mito y el nómada

La entrada de Usain Bolt al Estadio Olímpico tiene un protocolo particular, comparable al de aquellos hombres y mujeres que causan conmoción. Alaridos, desmayos, fanatismo. La fiebre que desata, mezcla de admiración e incredulidad, lo elevan a escala mitológica. Bolt en la pista es Michael Jackson, Elvis, Lennon, Gandhi o Juan Pablo II. Un hombre fuera de lo normal aún con vida. Pero el público asiste a verlo como si fuera la última vez, para comprobar que existe y poder contarlo. No acepta juicios, Bolt es el hombre más rápido de la humanidad, queda por escrito, está visto. En esa biosfera privada envuelve al mundo, sacudiéndolo con una energía que efectivamente lo paraliza. El acontecimiento roza lo sobrenatural. Aquel corredor juvenil, recién salido del cuerpo de un adolescente que sorprendió en Pekín, se transformó en leyenda, un estado al que por lo general se llega con la muerte. Bolt lo ha hecho en directo y con transmisión simultánea. Ahora sabemos cómo entran los nombres y apellidos en las enciclopedias.

Pero minutos antes de llegar al cielo con los zapatos puestos, hubo otra historia, la de un hombre descalzo. David Lekuta Rudisha venía huyendo de algo, era un nómada. La vieja prueba de Juantorena y Sebastian Coe, fue un tratado sobre las Naciones y Pueblos no representados. Rudisha corría por Kenia, la única manera junto a Tanzania que tienen los Massai para asistir a Londres, su tribu, perseguida por gobiernos británicos y africanos se mantiene autónoma. Es un pueblo sin país. Rompió la marca de los 800 metros planos y al volver al Serengeti, la tradición dice que vivirá siempre. De esto tratan los Juegos Olímpicos, de dioses que nacieron hombres y de hombres que se vuelven dioses.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo/mileniodiario

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