Cien años de soledad

 
Cien años de soledad

Fue durante el último relevo, Lochte, Dwyer y Berens, “The US Navy”, conseguían una ventaja de cuatro segundos contra Francia en aguas de Inglaterra; cuando el Canal de la Mancha ya era suyo, los Estados Unidos sumergieron en el agua a Michael Phelps. Diecisiete metros después apareció en la superficie como el mejor atleta de la historia. En los próximos segundos, antes de cruzar su primer largo (4×200 libres), hubo una imagen que describió con perfección el abandono que los mitos sufren por inalcanzables: Phelps nadaba en solitario. Nadie al frente ni a su alrededor; por el carril número 4 del Aquatics Centre se iba. Las cámaras documentaban con esa escena la trayectoria final. Nadó entre nostalgia rumbo a su decimonovena medalla olímpica. 15 de oro, 8 de ellas en los mismos Juegos, 2 de plata y 2 de bronce, 66 marcas mundiales, 3 vueltas a la Tierra y tras la conquista de los 7 mares, debemos aceptar su despedida. Pertenece a esa colección de personas universales, al terminar Londres 2012 sus huesos largos y deformes descansarán en el fondo del mar, donde pertenecen. La soledad de un atleta como Phelps, habitante del tiempo, se entiende minutos antes. En los 200 mariposa su mejor prueba desde los 15 años (Sidney 2000), fue derrotado por un nadador ni más rápido ni más fuerte, Chad Le Clos tan solo fue más joven. Nuestro medallista eterno subió al podio hecho pedazos por los años y esa inútil condena pública que disfruta viendo perder al invencible. Phelps temo decirles no está acabado, apenas es más viejo y está cansado. Nos quedan 200 combinados, 100 mariposa y 4×100 combinados para acompañarlo, después seguirá nadando solo, aún más solo, pasaran cien años y todavía no podrán alcanzarlo.

 José Ramón Fernandez G. de Quevedo/mileniodiario

 

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