Chávez se divierte jugando con Dios y con la eternidad

Por: Juan Arias

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Venezuela es una paradoja.
 Hugo CHávez, de izquierdas, pide a Lula que vaya a Caracas para apoyarlo en las elecciones y su contrincante Capriles de centro derecha, avisa que de ganar a Chávez “seguirá el camino de Lula”. O sea, que como dice el refrán castellano, Lula sirviría “para un roto y un descosido”.

El  famoso director de música desde hace 50 añoso, Zubin Metha, que está en Rio para dirigir la orquesta italiana, afirma que ya ha estado en Argentina, Chile y Uruguay, pero que no irá a Venezuela. “No se trata de que Chávez sea de izquierdas o derechas, es que estoy en contra de las dictaduras”, afirma hoy en el diario O Globo.

Mientras tanto al mandatario venezolano le gusta jugar con Dios y con la eternidad. También a los dictadores siempre les ha gustado ese juego. Charles Chaplin hacía jugar a Hitler con el globo terráqueo como si fuera su juguete preferido.

Chávez juega con su pueblo, sabiendo que juega con Dios, ya que afirma: “La voz del pueblo es la voz de Dios”.

Y ya que la voz del pueblo es la voz de la divinidad, se ha dirigido a ese pueblo con una especie de plegaria, que podría haber sido dirigida igualmente al Todopoderoso: “Ustedes dirán, porque la voz del pueblo es la voz de Dios. Ustedes dirán si un día me libertarán de nuevo para volar libre otra vez por ahí, o si tendré que quedarme aquí, de rodillas en la tierra con ustedes hasta el último día de mi vida”.

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Y aunque él desease irse, no podría hacerlo sin el consentimiento de su pueblo y por eso después de su oración pregunta: “¿Ustedes qué piensan?”.

Y afirma que podría en 2019 “intentar otra reelección”, en el caso que ese sea el deseo de su gente”.

Está claro que Chávez piensa que está al frente del país no por su capricho, sino por la de ese pueblo, doble de Dios, que así lo ha querido u obligado a permanecer ya 13 años al frente del timón. Por eso piensa que sólo ese pueblo puede de nuevo “devolverle la libertad” y liberarlo de ese peso que Dios ha colocado sobre sus hombros.

Nada más triste y dañino para la democracia que el populismo o el nacionalismo trasnochado, que juega con la ignorancia y la pobreza. Y se nutre de la manipulación de las gentes. Populismos y nacionalismos, de derechas o socialistas. El analista brasileño Paulo Guedes afirma: “El socialismo bolivariano es la enfermedad latina del siglo XXI”.

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Recuerdo cuando en España, tuvo lugar el famoso referendum sobre Franco, que proclamó otro tipo de nacionalcatolicismo. Los españoles tenían que responder con un SI o un NO. Una empresa internacional de publicidad contratada por el gobierno, entre otras cosas aconsejó potenciar en todas las dimensiones el SI y ensombrecer el NO, eliminando, por ejemplo todas las canciones en la radio que tuviesen un sí en sus letras, para que a la hora de votar el SI emergiera con fuerza y el NO casi diera miedo.

Franco ganó el referendum por un 99,99% porque era la voz de Dios y Dios estaba con él. Por eso los obispos y el Vaticano lo hacían desfilar en procesión bajo palio, honores reservados hasta entonces a la Eucaristía el día del Corpus.

Chávez apela a la voz del pueblo, como si se arrodillase ante Dios y le pode luces. Antes de haber ganado las próximas elecciones, Chávez ya se siente vencedor (¿Por qué será?) y se dirige de nuevo al pueblo, es decir a Dios y afirma: “Ahí llega el 2019 y es verdad que yo creo que tengo que irme”. Ni siquiera hipotiza que los venezolanos puedan ya en estas elecciones decidir que se vaya a descansar.

Chávez duda, sin embargo, que irse, incluso en el 2019, sea el deseo de su pueblo y pregunta: “¿Ustedes qué piensan?” Y como adivinando lo que la voz de Dios, que se manifiesta en la voz del pueblo, desea, comenta: “Bien, vamos a ver, es aún muy pronto para decidirlo”.

Y acaba manifestando su última voluntad: “Mi último sueño en esta vida, es envejecer en una casa a los márgenes de un río”.

Es posible que muchos venezolanos lo que deseen es sin embargo, sentarse a la vera de ese u otro río para ver un día pasar la sombra del que se creía eterno y dueño del tiempo.

Lo más democrático de nuestra Historia humana es, justamente, que no somos eternos. Es sólo esperar al borde del rio para ver consumirse nuestro destino.

En eso Chávez tiene razón. También él tendrá que acabar esperando ver correr el rió de la vida que acaba arrastrándonos inexorablemente a todos, más pronto o más tarde.

Este blog desea que para él ese día sea lo más tarde posible, para que tenga tiempo de gustarse la libertad de no tener que acarrear con el peso de sentirse Dios, que debe ser muy duro.

Chavez y Ahmadinejad

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