Catay

 Catay

Una de las más bellas novelas recientes (ha de ser de finales del siglo pasado) es sin duda alguna La ruta de la seda de Alessandro Baricco. El título traiciona y desvela el texto. Se trata precisamente de la descripción del viaje por tierra del protagonista desde Europa hasta la lejanísima Chonguá hoy conocida en occidente como China.

Como usted sabe perfectamente, polifacético lector, ese lienzo exquisito, dúctil, maleable y acariciante, suave como ningún otro, lo llamamos seda, y se teje con los hilos finísimos con que elaboran sus capullos ciertas orugas, y en los cuales se produce con toda discreción el misterio maravilloso de su metamorfosis.

Por alguna razón, que se pierde en la bruma de los tiempos, a esas orugas, en todos los idiomas de los que tengo noticia, se les llama gusanos. Una más de las estupideces de las que está plagada la lengua. O mejor, de la estupidez de los hablantes, que se manifiesta a través del habla.

Tristemente, para aprovechar la hebra de seda, es preciso hervir el capullo antes de que la mariposa, al salir, lo despedace. De manera que la crisálida deberá dar su vida, no para abrigar o alimentar, sino únicamente para que las señoras elegantes porten sus delicadas y atractivas vestimentas, de una caída inigualable, y que les marca las formas de manera sugerente.

Pues bien, como usted sigue sabiendo, fueron precisamente los chinos, célebres por su crueldad y distinción, a quienes se les ocurrió tal refinamiento. En cuanto los europeos se vieron fascinados por el exótico material fue preciso organizar el transporte desde el Yang-Tse-Kiang y el Huang-Ho hasta el Tíber, el Rhin, el Sena y el Támesis. El trayecto, a través de toda Eurasia, no era fácil, créame; a menudo duraba años, y los tártaros y cosacos, con los que solían toparse los mercaderes en su camino, ciertamente no lo facilitaban.

Pero los habitantes del Viejo Continente por lo visto son medio torpes y lerdos en comparación con los del más viejo aún. Y si les hubieran traído las preciosas madejas no hubieran sabido qué hacer con ellas. Ya no digamos los capullos o incluso los huevos de la mariposa de seda. Un verdadero rompecabezas para ellos. Para colmo de males, el árbol de la morera, cuyas hojas, que contienen látex, constituyen el único alimento de las orugas que les permite hilar seda, no llegó hasta la Europa occidental si no bien entrada la Alta Edad Media. De manera que debían traerse los grandes rollos de tela ya elaborada, lo cual poseía además la ventaja de obtener al mismo tiempo los sofisticados y perfumados diseños orientales.

Algunos emisarios chinos y los monjes nestorianos habían viajado entre China y Asia occidental desde el siglo VII y, se dice, fueron los primeros en acercar las orugas, su seda y las semillas de morera a Europa.

Sin embargo, hasta el 15 de septiembre de 1254 las cosas no empezaron a cambiar, y el Oriente Lejano seguía siendo otro mundo. Y sus habitantes y costumbres lo que hoy llamaríamos extraterrestres.

Ese día, a las siete de la mañana, en la pequeña isla de Curzola, hoy perteneciente a Croacia, nacerá en casa de los Polo quien sería bautizado con el nombre de su abuelo paterno: Marco.

Algunos historiadores consideran la isla veneciana, mientras otros la ven en cambio perteneciente a Dalmacia, la nación balcánica desaparecida en el siglo XIX, atrapada entre los imperios austro-húngaro, eslavo y otomano. De esa misma polémica hace parte la discrepancia sobre el verdadero nombre de la familia: Polo o Pol.

Lo que es indiscutible es que a la genealogía de los viajantes y aventureros perteneció la estirpe que llamaré de los Polo, pues es la versión hoy dominante (cosa no especialmente difícil, pues los dálmatas han sido reducidos a una raza de perros manchados; elegantes, sí, pero perros al fin). Marco il vechio lo fue, Niccolò su hijo y padre de Marco, Mattei, hermano de Niccolò, también. Y estoy seguro que si nos remontáramos más atrás encontraríamos muchos otros.

Pero no fue sino Marco il giovane el que alcanzó logros inauditos que lo instalaron en el panteón selecto de los grandes viajeros, cronistas, descubridores y comerciantes. Es por ello que hoy, más de siete siglos después, sigamos recordándolo y emocionándonos con sus inverosímiles aventuras y avatares.

Como acabo de mencionar, Marco Polo fue en realidad un cosmonauta que contó con la fortuna de la que han carecido los actuales y con toda seguridad los de un futuro no muy lejano: la de encontrar vida inteligente en los mundos que conoció y exploró. ¡Y qué vida, y qué inteligencia!

Dada la época y la situación geográfica del Adriático no nos sorprenderá que la mayoría de las expediciones de los Polo se dirigieran hacia Oriente, y que además fueran marítimas. Por ello lo insólito de que prácticamente todas las travesías de nuestro Marco fueran terrestres.

Al establecer para siempre más el vínculo con Catay, como él mismo bautizó las tierras y las culturas por las que retozó, Marco Polo fue el primer globalizador, en el sentido más noble del término, de la historia.

 Marcelino Perelló/excelsior.com.mx

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