Canguro a la brasa

Canguro a la brasa

Antes de morir en el 2009, alguien preguntó a Claude Lévi-Strauss qué opinaba sobre los homínidos después de pegarse un siglo diseccionándonos filosóficamente. La respuesta del padre del estructuralismo fue algo así: “Vivimos en un mundo al que ya no pertenezco. El que conocí y amé tenía 1.500 millones de habitantes. El actual tiene 6.000 millones; ya no es el mío”. Todo cambia a velocidad de vértigo. Y, si no, que se lo pregunten a los mil millones de fumadores que se resisten a desaparecer por el sumidero de los hábitos. Han soportado, con disciplina, su nueva condición de desahuciados, pese a seguir los pasos de Marlene Dietrich, Lauren Bacall, Jack Nicholson, Sean Penn y tantos otros. Y para ser justos con su debilidad hay que comprender lo difícil que les debe resultar digerir cada día el parte de guerra económico sin tener un pitillo en la boca. O una botella de bourbon, dirán otros viciosos. El humo es un dulce veneno. Su olor es desagradable, aunque peor es el aroma cloacal que desprende la crisis. Un fatigoso aburrimiento, más insalubre si cabe. Pero los fumadores, pobres, andan desquiciados. Ya no entienden nada. Y si un día se les ocurre ojear la revista médica Lancet, leen aturdidos que el sedentarismo causa casi tantas muertes como el tabaquismo. Temen que, amén de prohibirles fumar, les obliguen a hacer deporte. Algún adicto desesperado incluso había pensado exiliarse en Australia, ese pedazo de isla, que algunos llaman continente, despoblada de humanos y repleta de marsupiales. Ahora han descubierto que allí es más difícil fumar que en una UCI. Hasta borrarán la marca de tabaco de las cajetillas para ceder todo el espacio a imágenes de pesadilla. ¿Qué se puede esperar de un país que hace canguro a la brasa?

Alfredo Abián //www.lavanguardia.com

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