Belleza sin tambores

Belleza sin tambores

Se tiene de Brasil la imagen de un país tumultuoso y festivo, un lugar en el que la televisión ha penetrado hasta lugares a los que todavía en muchos casos ni siquiera fue capaz de llegar la Ley. Hace algo más de cincuenta años, un puñado de músicos y poetas de Ipanema y Copacabana pusieron en circulación un elemento distintivo del alma brasileña que no cuadra mucho con el perfil ruidoso y popular de las campañas turísticas pensadas para la promoción del país. Quien conozca la música de Antonio Carlos Jobim sabrá sin duda que me refiero al matiz cosmopolita y melancólico de la personalidad brasileña acuñado a raíz del nacimiento de la «bossa nova». Tom Jobim no era en absoluto un excluido social, tampoco un redentor ávido de pelea, sino más bien un tipo cordial sin otra preocupación mas acuciante que la de afeitarse cada mañana y calzarse unos zapatos de color a juego con la hojaldrada carrocería del coche. Él y sus amigos eran chicos guapos de la buena sociedad de Río y si entre ellos surgió la melancólica «bossa nova» fue seguramente porque consideraron necesaria cierta congoja estética, aunque sólo fuese para disfrutar del capricho de una tristeza melodiosa y elegante que les sirviese para impresionar a las chicas con un estilo musical adecuado a ese momento estival del crepúsculo en el que lo peor que puede ocurrir es que descargue la lluvia cálida y eucarística del verano en la copa del martini. Escucho «Nuvens douradas» cada vez que necesito un rearme emocional y estético frente a la zafia vulgaridad de la vida corriente. Me ayuda a recobrar la calma y a disfrutar de la hermosa banalidad de una existencia lenta y sin pretensiones, apacible y sin  tambores, como eran nuestras vidas cuando sólo los muertos miraban la hora.

José Luis Alvite

Deja un comentario