Ya pasó

Por: Martín Caparrós

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Con el debido respeto, compatriotos: la Argentina me aburre, me aburrimos. Escucho, miro, leo noticias y comentarios y todo me parece ya oído, ya visto, ya leído. Que el gobierno se pelea con sus viejos aliados es algo que venimos viendo desde hace cuatro o cinco años; que desprecia y maltrata a todo el resto es algo que venimos viviendo desde hace ocho o nueve; que la economía sobrevive gracias al yuyo es algo que venimos sabiendo desde hace diez o quince; que la inflación clandestina complica sobre todo las vidas de los más complicados es algo que hace tres o cuatro; que la salud y educación públicos son un como si que sostiene desigualdades denigrantes es algo que lleva veinte o treinta; que el trabajo en negro o mal pagado sigue siendo la mitad más uno pese a los grandes éxitos y que se agrava todo el tiempo es algo que se ve más y más claro; que de vez en cuando el gobierno toma una medida que lo viste de progre –y se la carga– pasa desde el principio; que los dirigentes son tan ineptos que no consiguen tomarlas de una vez y se contradicen en cada cosa que hacen y lanzan marchas y contramarchas hasta que llegan a un punto en que ya no saben cómo fue que empezaron lo hacen desde que empezaron; que unos cuantos canallas públicos se están forrando con dineros públicos y privados es algo de lo que nadie dudó nunca; que pueden decir cualquier cosa, más allá de toda razón o evidencia y ya todo resulta un blooper o una gracia más es un blooper o una gracia más; que nada cambia, que todo sigue parecido, que no sabemos salir del laberinto de ratones es algo más oscuro que se hace cada vez más claro.

Nada nuevo, más y más de lo mismo. Me parece que pataleamos en el mismo barro, que repetimos las mismas tonterías, que lo que se puede decir ya ha sido dicho.

¿Cuántas veces se puede descubrir que hay un relato que disfraza la realidad y que el poder político miente y los ciudadanos tratan de creerle mientras pueden y que la Argentina desperdició otra de sus numerosas oportunidades de repensarse y rehacerse, perdida en la codicia de unos pocos y la complacencia de demasiados? ¿Y cuántas que lo peor de este gobierno es que, cuando termine, habrá servido para deslegitimar cualquier discurso de cambio por mucho tiempo; que, cuando se vayan, cualquiera que diga –por ejemplo– “redistribución de la riqueza” va a provocar carcajadas amargas o silbidos de ira porque no será más que la repetición de la sanata que se oyó tantas veces para nada? Y que, así, desactivan las posibilidades de cambio por un tiempo largo –y que sus posibles sucesores son tan conservadores como ellos, tan desalentadores como ellos: que todavía no se ve ninguna opción que ofrezca algunas esperanzas.

Ya todo ha sido escrito: ahora queda la realidad, que es lenta y aburrida, confirmándolo. Si presidenta se pelea con tal gobernador o tal dirigente o tal acólito, si fulano pierde un poco de poder y lo gana mengano, si la economía se desacelera tres puntos más o cuatro, si ese juez agrega dos expedientes a la causa de aquél, si tal líder o lídera pierden cinco o diez puntos en algún populómetro, si los precios y las impotencias.

Son, al cabo, cuestiones menores. Este gobierno ya pasó, este proceso ya pasó. Se va a sobrevivir a sí mismo durante un tiempo más o menos largo, más o menos insoportable, más o menos doloroso pero ya pasó: ya no ofrece ningún espacio de futuro. Ya hizo lo que podía hacer y lo hizo más o menos mal y no le quedan más objetivos que el que lo originó: tratar de durar, tirando volantazos, a veces a la izquierda, otras a la derecha, todo para no salirse de la ruta que no va a ningún lado. Es una historia que ya hemos visto muchas veces: un grupo de poder desmigajándose de a poco, dejándose las uñas en el tobogán, viviendo su derrumbe –que va a ser lento y aburrido y a veces indignante.

Me parece que el próximo año va a consistir, para muchos, en una lenta comprobación de los detalles. No es lo menos grave que creamos que hablamos de política cuando hablamos de pequeñas fechorías, de canalladas tristes, de riñas de gallitos, de yo te dije yo te voy a decir, de los tuyos son más feos que los míos –encerrados en un provincianismo cada vez mayor, ciegos al resto, perdidos en esas tonterías. Mientras sigamos discutiendo si Cristina sí o Cristina no o Cristina cual o Macri las pelotas o quién sabe Scioli tururú o bien Moyano o qué vergüenza ese Budú, todo va a seguir igual. Ya sé: ahora van a venir a decirme que entonces qué propongo, que “en lugar de criticar tire una idea” –y eso de que en la Argentina actual las ideas se tiren es todo un dato. No tengo, por supuesto, soluciones instantáneas; sí creo que necesitamos reconocer que no sabemos, que hay que buscar, que así no vamos a ninguna parte.

Aceptar que no tenemos nada que hacer ni que decir, que somos un fracaso sostenido –y buscar con desesperación, con cierta rabia, ideas distintas. Es cierto que pasa en todos lados: que vivimos la crisis de un sistema pero no tenemos modelos alternativos. Es una situación rara: en general, las crisis solían servir para avanzar otras propuestas. Ahora no hay propuestas armadas más allá del turbio capitalismo de mercado –más o menos estatal, más o menos compasivo, más o menos salvaje– que demuestra una y otra vez su violencia. Empezar por saberlo es un avance. Que, por supuesto, no alcanza para nada –salvo para aceptar que es necesario pensar, imaginar, empecinarse, hacer política.

Aunque, me olvidaba: en la Argentina no hay tal crisis. Lo que está mal, nos dicen, es el mundo –así dicho: “el mundo”. En la Argentina, el gobierno progre y militante y popular se jacta de que el capitalismo sí funciona y los patrones ganan y Monsanto exulta. Es un mérito sorprendente, raro –o lo sería si fuera cierto. Ahora, decíamos, empieza a quedar claro que no hay tal cosa, pero tampoco alternativas. Queda, entonces, el desánimo de que las opciones sean tan parecidas a lo que está acabando. Y la certeza de que, por el momento, nada va a cambiar en serio. Que la Argentina va a ser tristemente igual a sí misma por un tiempo largo.

O quizá no. Nunca esperé tanto equivocarme.

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