Un cigarrillo

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Estábamos en la cama, después de hacer el amor. Era el dormitorio del otro, aquel que provocaba mi odio. Yo había querido evitar discusiones sobre el lugar.
Ella encendió un cigarrillo. Aunque yo no fumaba, no objeté su gesto. Sabía que lo hacía constantemente: en su casa, en la calle, en el café, mientras dictaba clases o en compañía de su amante, el otro, el que sin saberlo nos había cedido su piso y su lecho.
-¿De veras me quieres? -pregunté, falto de originalidad como todo enamorado.
-Hasta la muerte -respondió ella, mientras arrojaba la cerilla encendida en el recipiente con gasolina que el otro, el innombrable, había dejado precisamente en aquel rincón.

David Lagmanovich

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