Sandía, cofre de agua

Manolo MéndezProductos. Frutas
    

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       En estos días de canícula, de tanta sed, la sandía, la roja sandía, es fruto predilecto y consolador. Además de refrescante, ya que el 97 por ciento de su peso es agua, la sandía se ajusta también de modo ideal a las imposiciones dietéticas de los nuevos tiempos, con un contenido calórico bajísimo, apenas el 19%, y una presencia de azúcares también realmente escasa, tan sólo 4,5 por cada cien gramos. Por contra, sí aporta buenas vitaminas, y también un porcentaje razonable de fibra. Su presencia en el verano es, pues, un don muy de agradecer; y más cuanto más avanzada discurre la estación, ya que aunque las variedades tempranas comparecen en nuestros mercados ya por el mes de junio, es ahora, desde finales de julio y hasta primeros de octubre cuando su sabor y su aroma son más intensos.

  

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      Aun cuando sabemos que griegos y romanos la consumieron en abundancia, su aprecio y conocimiento llegó prácticamente a desaparecer con el declinar del Imperio. Fueron los árabes quienes, a partir del siglo VIII y a través de España, revitalizaron su cultivo y su consumo, como bien indica la raíz de su propio nombre en castellano, que procede del término árabe “sindiya” (del país de Sind, en la India). A través de España, pues, la sandía llegó de nuevo a Europa, y cruzó más tarde el Atlántico para extenderse por el continente americano. Con todo, y ya puestos en términos histórico, habrá que reseñar que el solar originario de la sandía lo sitúan los botánicos en el centro sur del África tropical. Allí habría surgido hace bastantes miles de años, y los científicos suponen que por entonces fue un fruto igual de esférico que hoy, aunque muchísimo más pequeño, probablemente no más grande que un melocotón. Infinitas selecciones y cruces lo fueron agrandando, aunque de ello no hay constancia histórica, ya que las sandías que menciona la Biblia, cuando refiere la añoranza que de ellas tenían los hebreos en el desierto del Sinaí por las jugosas que habían dejado en Egipto, ya alcanzaban un porte muy similar al de hoy en día, como bien se deja ver en los dibujos que de ellas se hicieron en las tumbas faraónicas. Allí, en Egipto, y en orden a esto del tamaño que nos ocupa, el desarrollo llegó a tanto en una época, que cuentan los viejos cronistas que una sola apenas la podía llevar un hombre, y cuatro era carga normal para un camello. Puesto el asunto en su racionalidad, la sandía de hoy, y por nuestros pagos, tiene un porte suficientemente orondo, entre 3 y 5 kilos. En todo caso no es hoy en día ni su volumen ni su peso lo que más preocupa, sino, de unos años para acá, con experimentos pioneros en California, el reto botánico de lograr aligerarlas lo más posible de sus engorrosas pipas. Sandía “despepitada”, tal es el futuro -ya presente en algunas concretas ofertas comerciales- que hoy se impone, facilísimo de comer, desde luego, aunque algunos señalen que tal logro tiene por contra una sensible mengua -denuncian- de su sabor y su perfume.

    

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    Otro problema no menor de la sandía estriba en la dificultad de saber, sin calarla, cuando está perfectamente madura. Siempre hay un riesgo en su compra; pero, como buen consejo, deberán elegirse siempre ejemplares muy frescos, de apariencia muy verde y con la superficie perfectamente lisa y fina, comprobando que tenga bastante peso en relación con el tamaño, y observando finalmente -aunque esto ya es para expertos- que el sonido que produce al ser golpeada con la mano, sea limpio, grueso y armónico. Y, en fin, qué mejor modo de terminar esta refrescante mención de hoy, que evocando aquella memorable “Oda a la sandía”, que Pablo Neruda compuso en loa a este fruto opulento, con las más altas palabras: 

        ¡Cofre de agua plácida

        reina de la frutería

        bodega de la profundidad,

        luna terrestre!

        ¡Oh, pura,

        en tu abundancia se deshacen rubíes

        y uno quisiera morderte

        hundiendo en ti la cara,

        el pelo,

        el alma!

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