“¡Que se jodan!”

“¡Que se jodan!”

El jefe de gobierno presentaba en el Congreso un paquete de reformas que consideraba necesarias para enfrentar la crisis económica. En particular, proponía la disminución de beneficios a quienes estando sin trabajo no tenían incentivo a encontrarlo, pues prefieren vivir del subsidio al desempleo. La oposición, como era de esperarse, simplemente se oponía. En medio del pleito verbal propio de estas discusiones, la diputada del Partido Popular, Andrea Fabra, sorprendió a todos los presentes al gritar… “¡que se jodan!”.

Sucedió hace una semana en el Parlamento español. Ella dice que se refería a los legisladores del opositor PSOE; estos, que se refería a los mismos desempleados —parados— que desde tiempo atrás abundan en España, por lo que han pedido se le destituya. Ella, por su parte, ha recibido una amonestación en público por parte del presidente del Congreso y ha presentado sus disculpas por escrito, aceptando que “…cometí un error del que no me siento honrada…”. (¿Hay errores que nos honran?, pregunta mi Tía Cleta).

Allá el tema se ha vuelto trending topic, asunto obligado en cualquier discusión de taberna o tasca o cafetín, lema en las protestas callejeras, frase favorita en las pintas de las bardas, e incluso canción de Diego Escusol dedicada a la diputada (“que se jodan los ministros / que no dicen ni palabra / y si soy parado digo / que se joda Andrea Fabra”). Es acaso la frase del año en España.

Por acá, el asunto pasó más bien inadvertido. ¿Por qué? Porque los mexicanos seguimos viviendo en un permanente “¡que se jodan!”, el cual parece que nos endilgamos unos a otros cada día con singular destreza y alegría.

“¡Que se jodan!”, dice el que sale de su casa en la mañana y deja la basura donde le place, total que ya habrá otros que se encarguen. “¡Que se jodan!”, dice el que se mete en la fila del transporte público a punta de empujones o en el vagón reservado para las mujeres; el que se estaciona en doble o triple fila mientras ve a su hijo caminar sin prisa por entrar a la escuela; el que vende litros que no son de a litro ni kilos que no son de a kilo; el que se cuelga del sistema eléctrico mediante un diablito; el que ocupa el espacio público y lo privatiza —esa sí es una privatización— para poner un puesto de fritangas o unos botes de cemento para señalar su propiedad sobre la calle.

“¡Que se jodan!”, dicen quienes tienen la práctica del “hay se va” en cualquier servicio que prestan a un tercero; quienes venden y quienes compran mercancía pirata, robada o producida al margen de la ley; quienes simplemente no pagan impuestos o quienes por recibir un sueldo que proviene de los impuestos de quienes sí los pagan se sienten inmunes ante el ciudadano que está del otro lado de la ventanilla. “¡Que se jodan!”, dicen quienes cargan su camión por encima del peso permitido; quienes expiden licencias a personas sin la capacidad para lo que han sido autorizados; quienes ven siempre la manera de darle la vuelta a la vuelta o quienes venden alcohol o tabaco a menores.

Con tantos “¡que se jodan!” relativamente menores, como el que tira la basura en la calle (aunque genere inundaciones) o compra un disco pirata (aunque mantenga así a mafias que lo mismo se desenvuelven en otros campos delictivos), no debe sorprendernos que en el país haya tantos otros “¡que se jodan!” de mayor envergadura: quienes dejan con frecuencia a más de un millón de niños sin escuela; quienes no hacen sino defender sus privilegios a costa de lo que sea o quienes, ya sea del lado de la oferta o la demanda, están detrás de una guerra que ha sumido al país en una de sus peores épocas en muchas décadas.

Ahora, los más recientes “¡que se jodan!” vienen de quienes desconociendo lo mucho que ha costado construir las instituciones que tenemos, deciden por cuenta propia convertirse en vengadores de los fracasos de otros mediante la “Convención Nacional contra la Imposición”. O quien mandando por segunda vez al diablo a las instituciones (si no aceptó el voto de 35 millones en su contra, ¿por qué habría de aceptar el de siete magistrados?), fragua ahora su tan rimbombante como hueco “Plan Nacional para la Defensa de la Dignidad…” para seguir aferrado a ese poder que decía no le obsesionaba en absoluto. “¡Que se jodan todos!”, porque el que no puede estar equivocado es él.

Algún día este será un país mejor cuando no lo habite tanta gente que aprovecha su posición de privilegio (económico, político, social, religioso, laboral) para que se jodan los demás.

Marco Provencio/mileniodiario

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