No

de Julio Trujillo

Lo platicábamos ayer, entre amigos de todas las tonalidades ideológicas y con una especie de sorda resignación: la gente votó por el PRI, no nos engañemos. Y si el 6 de septiembre se anulara la elección (no ocurrirá) y votáramos otra vez… otra vez triunfaría el dinosaurio.
Por supuesto que hay una presión mediática, cultural, casi genética que impulsa a millones de mexicanos a rubricar el cuadrito del Revolucionario Institucional (piénsese en el profundo priismo del campo, piénsese en zonas enteras del país que no acusan recibo de la existencia de los 132), pero no se puede establecer, aunque se intente con furia, una equivalencia entre esa “temperatura” y el fraude o la imposición. Esta desgarradora verdad reposa en el fondo de las entrañas de Andrés Manuel López Obrador como una bestia dormida, y el Peje no quiere disturbar su sueño. Sabe que el miedo, la miopía y la comodidad son los más importantes agentes de coacción a la hora de votar y que el IFE carece de atribuciones para calificar eso. Ya está. La izquierda entre comillas podrá, tal vez, quizá, sumar el 40 por ciento de los votos que se requieren para ganar una elección presidencial dentro de seis años, pero hoy la realidad es otra. No se puede impugnar la mentalidad. Lo que sí se puede es faltarle al respeto a los señores y las señoras que votaron por el PRI y en el camino estrangular a la ciudad de México. Qué flojera, de veras.
El plan de acción de la llamada Primera Convención Nacional Contra la Imposición es una amenaza flagrante contra ti y contra mí: toma de carreteras y de instalaciones públicas, suspensión de pago de impuestos, estrangular toda actividad en el Distrito Federal, boicot total a las tiendas Soriana, huelga y/o paro nacional… Así lo proponen más de 200 organizaciones no gubernamentales a las que no les gusta el resultado de la elección. Es un proyecto de movilización radical que no se somete a votación, por cierto: esa sí que es imposición.

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