Mi rencor y mi desprecio

Mi rencor y mi desprecio

Que nadie me sugiera siquiera la posibilidad de que perdone a quienes asesinaron hace quince años a Miguel Ángel Blanco, ni a ninguno de los terroristas responsables de todos estos lustros con tantas víctimas y tanto dolor. No me importa reconocer en este caso mi falta de la más elemental caridad  cristiana. Ni perdono a quienes nos llenaron de muerte y de angustia, ni a quienes por algún oscuro interés político pretenden ahora una especie de gracia jubilar para tantos criminales. Hay en mi pasado asuntos inquietantes por los que me remuerde la conciencia, historias que preferiría no haber vivido y muchas veces he deseado olvidar. Luego reflexiono y me digo a mí mismo que el pasado no deja de existir porque uno lo ignore. Y en el caso de los asesinos de ETA, sería capaz de arrinconar mi agnosticismo y rezar  si de eso dependiese la suerte de conservar la memoria, aunque sólo sea, lo reconozco, por el placer inmenso que me supone mantener intacto el rencor que les profeso. Ni siquiera me importa que por esta actitud se me considere vengativo. Lo soy en este caso y no me importa insistir en que a veces la Ley sólo es justa cuando se parece a la venganza. Se me dirá que el riesgo de cometer una injusticia aumenta al reaccionar «en caliente». ¡Bobadas! La Ley ha de imperar a tiempo de que restañe el dolor que pretende reparar, igual que hemos de disponer de los alimentos justo en el momento en el que nos acucia el hambre. Por eso confío en mi memoria para mantener intacto el rencor y el desprecio que me merecen esos hijos de perra, a los que les deseo que sueñen que por error pusieron ellos mismos un segundo antes de nacer una bomba en el vientre de sus madres. Sólo lamento no poder escribir esta columna con un cincel en su nuca…

José Luis Alvite

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