Hay que ponerle un precio al voto

 Hay que ponerle un precio al voto

Pensándolo bien, un voto es una mercancía como cualquier otra. Y no me digan ustedes, por favor, que las propagandas de aquellos que quieren ser votados no son perfectamente comparables a las campañas publicitarias que implementan los mercaderes pero eso sí, mucho, pero mucho más machaconas que cualquier publicidad contratada en los medios por una empresa.

De hecho, jamás me ha tocado, ni a nadie más en país alguno de toda la galaxia, una avalancha de mensajes como la que acabamos de conllevar los sufridos ciudadanos de Estados Unidos (Mexicanos). No creo que exista absolutamente ningún otro sistema electoral donde los partidos políticos sean tan porfiados, reiterativos, obstinados e insistentes en los anuncios que dirigen a los consumidores, que diga, al electorado: nos han asestado propaganda a todas horas, en todo lugar y a lo largo de meses enteros de manera tan continua como agobiante. Pero, justamente, ¿por qué tanto interés de parte de ellos, tanta aplicación y tanto derroche de recursos? Pues, porque nos están vendiendo un servicio como cualquier otro, señoras y señores. Y nos hacen promesas tan parecidas a los cantos de sirena de los ejecutivos de ventas de una agencia de coches, tan similares a los ofrecimientos de los operadores telefónicos de ventas directas (ya saben, los que te llaman los sábados por la mañana para recitarte precipitadamente las ventajas de que compres un tiempo compartido en la playa o de que contrates un seguro de vida o de que pagues las mensualidades de un nuevo servicio de televisión satelital) y tan semejantes a las del vendedor de perfumes en unos grandes almacenes, que no nos puede quedar la menor duda de que sus ofrecimientos son de naturaleza descaradamente mercantil. ¿Acaso no nos hacen también tentadoras ofertas? Ganar más dinero, pagar menos impuestos, tener mejores empleos, entrar en automático a la universidad, no pagar por las medicinas, gastar menos en combustibles, etcétera, etcétera, etcétera… Y, entonces, ¿por qué no habrían también de intentar comprar nuestras voluntades de la misma manera como el gerente de una aerolínea pretende que vueles en sus aviones? Digo, en una sociedad donde todo se comercia, el voto de los ciudadanos es un producto más, ¿o no?

Román Revueltas Retes

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