El “sisepuede”

La antorcha Olímpica del 2012

Una semana y la pasión no cuaja, los Juegos Olímpicos siguen interpretándose como un trámite que el deporte mexicano y sus aficionados deben cumplir. Después, vendrán los agrios debates en los medios acerca del enemigo común: el pinche futbol. Que somos un país cascarero, los futbolistas ganan demasiado, los patrocinadores no apoyan otras disciplinas y los ratings no justifican mayor inversión. Tres años con 52 semanas más tarde estamos donde nos quedamos, en la clausura de Pekín 2008. Ya me resulta ocioso buscar explicaciones, pasamos por todos los criterios. El cultural, el orgánico, el económico, el administrativo, el político, el demográfico… Me cansé, mi triste conclusión es que a México no le gusta hacer deporte, le gusta jugarlo, que es distinto. La diferencia entre un jugador y un deportista está en la profesión, pero no quiero llevar el término hacia una razón de competencia porque el mexicano es uno de los habitantes más competitivos del mundo, ejemplos me sobran para explicarlo, basta con mirar al norte del río Bravo y entender quiénes son nuestros últimos patriotas. O viajar muy al sur para descubrir quiénes son nuestros grandes sobrevivientes. México está lleno de historias olímpicas, sigo creyendo que una medalla mexicana vale diez alemanas o americanas que fueron conseguidas en circunstancias favorables, la nuestra en cambio, tuvo que ganarle a la soledad, la injusticia y el hambre. Los Juegos Olímpicos en México sirven para dos cosas, o incuban héroes sociales que la televisión explota y después extermina; o son un pretexto para vender el “sisepuede”. No hay huellas del espíritu olímpico en nuestro país, claudicamos en la búsqueda de motivos para amar el deporte y su máxima expresión.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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