El sexo del miedo (II)

El sexo del miedo (II)

Ignoro si en la vida de Adolf Hitler hubo testigos de sus momentos íntimos de abatimiento, mas allá de que alguien le viese abstraído en un gesto de sombrío ensimismamiento que no se sabía muy bien si era preocupación, estreñimiento o cansancio. Parece que ni siquiera Eva Braun estaba en esa clase de secreto y prefería mantener respecto de ella una distancia que le evitase el riesgo de cualquier murmuración que pusiese en entredicho su férrea voluntad de estar enamorado únicamente de Alemania. La suya era una pulcra sexualidad de Estado y sólo de vez en cuando se permitía la relativa flaqueza de acariciar a un niño con la evidente torpeza manual de alguien que tuviese lo mejor de su tacto reservado para el cariño que sin duda le merecían los mapas, los fusiles y los perros. La aniñada Eva Braun se movía a su alrededor con la escolar soltura de una inocente admiradora que sabe que, a pesar de tener la apariencia de un hombre, el Führer era un símbolo, una institución, y que aunque por momentos tuviese la sensación de llegarle en un descuido al corazón, jamás tendría la posibilidad de verle sentado en el retrete. Durante sus estancias en la residencia de los Alpes, el Führer celebraba reuniones a las que a veces ni asistía, como hacía Jay Gatsby en las fiestas que organizaba. Con frecuencia Hitler marcaba las distancias con un prolongado silencio como de embolia mientras Eva Braun tomaba escenas con su cámara de cine, siguiendo a los jerarcas de las SS y de la Gestapo en actitud dominical e inocente, como un pollito rubio protegiéndose del sol en la boca de un zorro. Sin ser nada del otro mundo, resultaba una chica mona, aunque para Hitler el útero de su amante no parecía que tuviese más significado que el vientre inerte de una hucha. A fin de cuentas, la sangre del Führer sólo era la parte más blanda de su correaje.

José Luis Alvite/larazon.es

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