El sexo del miedo (I)

El sexo del miedo (I)

Al analizar la vida vertiginosa, arrogante y triunfal de Adolf  Hitler cabe suponer que fuese un hombre singular y fascinante, una personalidad arrolladora capaz de infundir al mismo tiempo fervor, adhesión y miedo. También podría pensarse que el del Führer fue solo el rostro pasional, sobreactuado y furibundo de un puñado de astutos y despiadados criminales, la fotogenia algo cómica de un monstruo colectivo, el vistoso estandarte de una cruel procesión de carniceros. Sus biógrafos no se ponen de acuerdo al describir su perfil humano y los psiquiatras están divididos sobre la verdadera dimensión patológica de su cerebro. El caso es que quienes actuaron a sus órdenes convirtieron el III Reich en una enfermedad mental, en una infección de la que Hitler sería su propagador más señalado. En los archivos cinematográficos de la época consta abundante documentación sobre el entusiasmo que despertaba entre las mujeres alemanas y es obvio que fascinó desde el principio a Eva Braun, la muchacha rubia y despreocupada con la que mantuvo una intimidad a medio camino entre el erotismo y el protocolo, acaso sabedora ella de que Adolf Hitler creía que la mujer habría de ser un fértil recurso para asegurar la supervivencia de la raza aria, una fecunda herramienta ginecológica a medio camino entre la belleza, el atletismo y la industria. Pero Hitler jamás quiso tener hijos con su amante y hay quienes dudan de que hubiese sexo entre ellos, sin que falte la tesis de que en realidad el Führer con quien se excitaba era con Albert Speer, creador de la escenografía arquitectónica del III Reich y ministro de Armamento. En ese caso Eva Braun habría sido la hermosa tapadera de Adolf Hitler, la monada rubia que colmaba la idea hitleriana de sentir la admiración coreográfica, litúrgica y asexuada de cualquier mujer que fuese inmadura, comiese con apetito y riese sin motivo. Hasta cabe pensar que del sexo de Hitler su amante supiese menos que su sastre.

José Luis Alvite/larazón.es

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