“El narco negocia con Dios”

"El narco negocia con Dios"

El humor propone una manera no científica, mediante la risa, de revelar una verdad. Me lo dijo Ziraldo, uno de los mejores humoristas de Brasil, al advertirme que durante los años más difíciles en su país “el humor fue la única manera que encontró la sociedad para salvarse”.

Recordé sus palabras al ver El narco negocia con Dios, de Sabina Berman, en el Foro Shakespeare, cuando me descubrí entre un público que no ha perdido la capacidad de reír aún y cuando la obra trata de un tema tan sensible para la adolorida sociedad mexicana. Y es que a veces olvidamos que el humor es un artículo de primera necesidad, no siempre para evadir una realidad adversa, sino para pensarla desde una perspectiva inédita en busca de la verdad.

Desde niños necesitamos saber quiénes son los buenos y quiénes los malos del cuento, nos tranquiliza tener clara la diferencia. El problema es cuando la realidad no cuadra con nuestro esquema, es decir, cuando la línea entre “los buenos” y “los malos” se distorsiona y las certezas de la ética empiezan a desdibujarse como huellas en la arena.

Un narco norteño, guapo y pragmático, que no tiene dudas existenciales, discute sobre el bien y el mal con un columnista deprimido que se dedica, básicamente, a cuestionar la realidad. ¿Quién habla con más verdad? En esta escena de la obra, la risa se esfuma por primera vez, quizá porque es cuando el espectador se confronta consigo mismo al identificarse con cualquiera de los cuatro personajes en el escenario, o porque ve en ellos la sutil encarnación de nuestros partidos políticos. O quizá porque descubre, como Mark Twain, que “la fuente secreta del humor no es la alegría sino la tristeza”.

Sabina Berman escribió esta obra en 1994. No había entonces el grado de barbarie, ni la violencia demencial, o los más de 60 mil muertos de la guerra contra el narco. Pero la corrupción de políticos, gobernadores y policías ya estaba tan presente como la figura del narco “benefactor” que negocia con Dios indulgencias a cambio de “obras” para la comunidad.

Solo una pieza con un texto tan inteligente, dirección y actuaciones a la altura, puede divertirnos tanto a costa de nuestros más graves problemas. Lejos de una apología del narco, Berman nos lleva a las entrañas del personaje para conocer con qué estamos lidiando y por qué “los malos” resultan atractivos para tantos jóvenes. Temas ante los que preferimos cerrar los ojos, o no hablar, como si así dejaran de existir, cobran vida en el teatro.

“Sin el humor la gente se muere de aburrición. Es indispensable. México lo tiene muy desarrollado pero no cuando se trata de sí mismo, porque entonces se ofende, es incapaz de hacer lo que ordena el humorismo: convertirse a sí mismo en la primera víctima. Y no haría mal en hacerlo”, me dijo un día Abel Quezada.

El narco negocia con Dios mueve a la autocrítica, sobre todo a quienes creen tener “el bien” en la punta de los dedos o de la lengua. Pero además, da pie a la risa colectiva, a la pregunta y a la conversación. Y nos recuerda que no tenemos tiempo de ser infelices, como diría Ziraldo.

Adriana Malvido

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