El mundo al revés (o el evangelio según San Andrés)

El mundo al revés (o el evangelio según San Andrés)

Puede sonar en efecto como una aserción inverosímil, como una paradoja, pero el hecho es que Andrés Manuel López Obrador es al mismo tiempo una de las mejores cosas y de las peores tragedias que le han sucedido al país en las últimas décadas. Sí, él mismo puede ser visto como una contradicción en sí misma, como una negación de sus propios términos, como su más fiel aliado y su peor enemigo, pero así son esas cosas extrañas de la vida. Qué se les va a hacer.

El fenómeno Andrés Manuel es una de las mejores cosas que le han sucedido al país en los últimos años porque no ha dejado de llamar la atención sobre algunos de los problemas más lacerantes que tenemos, porque se ha vuelto una expresión permanente para no dejar de ver la miseria y la injusticia bajo la que viven millones de mexicanos, porque dentro de todo lo que cabe parece ser que habría poco que cuestione su austeridad y aquello que a muchos les gusta llamar, no sin cierto alarde de erudición, “congruencia con sus ideales”.

Pero también es de las peores tragedias que ha tenido que vivir nuestro país en mucho tiempo. Es una tragedia contar con una persona que siendo un líder social como él, con la responsabilidad que ello conlleva, sea antisistema, juegue con las reglas solo cuando le conviene, tenga la desfachatez que tiene para mentir o manipular o calumniar para querer convertirse en absoluto cuando en realidad es tan relativo. Tan relativo y, es lamentable decirlo, tan ignorante, tan enfermo de poder, porque al fin y al cabo a los políticos se les retira, pero a los apóstoles nunca (se les idolatra). Y si Cárdenas, cuya figura se agranda conforme la de AMLO empequeñece, fue tres veces candidato, a nuestro mesías de Macuspana le falta la tercera. La vencida pues. Y para ello radicaliza su postura, mete al país en un laberinto en el que hasta los mejores se pierden (v.gr. el presidente Calderón cayendo inocente o malévolamente en el juego de su discurso), adopta posiciones extremas (“renacimiento moral” de México), maneja a su antojo a los mismos medios a los que antes controlaba según dijera “su dedito” y ahora gusta de mantenerlos en vilo hasta que el apóstol decida cómo continuar con su evangelio.

Por eso es una tragedia, porque sus argumentos no llegan “ni a la primera base” en el argot beisbolístico que tanto le gusta a aquél que juega con el número 3. Él obtuvo, por ejemplo, casi 2.5 millones de votos más que los candidatos a senadores y diputados del Movimiento Progresista. ¿Podríamos preguntar a la ligera a quién se los compró y cuánto pagó por ellos? ¿O por qué en esta “su” ciudad obtuvo medio millón de votos menos que Miguel Ángel Mancera? ¿Qué le falló en Iztapalapa? ¿Juanito? ¿Y qué dice de Ciudad Neza, donde las urnas no se pueden abrir para recontar los votos “porque se robarían las boletas”?

Pudo con el PRI hace seis años y con el PAN ahora, pero no con ambos juntos porque hay una abrumadora mayoría en el país, más de dos terceras partes, que lo rechaza. Pero él no entiende de estas cosas, ni de muchas otras. El que la elección haya terminado con la mitad de diferencia de votos que presagiaban las encuestas entre su perpetuo segundo lugar y el candidato ganador… ¿asegura que todas las encuestadoras estaban vendidas? ¿O será que éstas simplemente sabían de antemano quiénes iban a vender su voto y a quién? ¿Y si tantos votos se compraron, por qué no de una vez para tener mayoría en las Cámaras? ¿O acaso todos sus representantes de casilla sí cuidaron esto más no lo otro, lo principal?

Ha sido un proceso en el que la autoridad electoral ha tenido un desempeño institucional incuestionable. Pese a los temores de violencia y otros, la jornada electoral se llevó a cabo con plena civilidad. La sociedad ha demostrado estar más a la altura de las circunstancias que varios de sus representantes. Pero es la misma historia trágica que envuelve al país desde hace seis años, cuando primero fue el fraude a la antigüita y luego el cibernético y luego el algoritmo para total no haber podido probar absolutamente nada. Ahora, tras los montajes sobre Soriana y las boletas ya marcadas que nadie sabe cómo entraron a las urnas y toda esa colección de estampas del complotismo sin fin, de nuevo hay quien se coloca por encima de todo y de todos. El país debe poder decir “¡basta ya! No necesitamos ni doce Judas ni un redentor”.

Del otro lado

“Soy el camino, la verdad y la vida. El que crea en mí, aunque muera vivirá”, del evangelio según San Andrés.

Marco Provencio

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