El éxito y las heces

El éxito y las heces

Me ocurre ahora con el aniversario de la muerte de William Faulkner igual que me sucediera antes con las efemérides recordatorias de Capote o de Hemingway, tres escritores de estilos distintos, con maneras de vivir desiguales, los tres, sin embargo, seres singulares y apasionantes, modelos literarios inimitables, tipos complicados y sorprendentes; en cualquier caso, tres hombres a cuya obra vale la pena acercarse a partir del conocimiento de sus vidas. Es vieja la discusión sobre el valor sustancial  de su biografía en la obra de un escritor. Yo creo que en general la escritura de un autor explica tanto de él casi como lo que de él dicen su dieta, sus parejas y sus heces, de manera que en el caso de Hemingway, por ejemplo, sus frases cortas y vertiginosas se corresponden con la vitalidad de un tipo vehemente y transeúnte que vivía a empujones, del mismo modo que los larguísimos párrafos de Faulkner nos ponen en la pista de un hombre más reflexivo y sedentario cuyo mayor esfuerzo dicen algunos que consistía en acostarse. Además de la opinión pretenciosa de los críticos, en el análisis de la obra de muchos escritores podría ser determinante el informe preciso y desapasionado del forense. A lo mejor resulta que en el caso del dramático y vitalista Hemingway el suicidio fue un intento desesperado de ponerle remedio a la falta de inspiración, y los dos disparos de postas que se metió en la boca, un ejemplo incontestable y fulminante de su manera apremiante de puntuar las frases. Capote fue un ser en apariencia divertido y social, aunque al final le vencieron el tormento, la soledad y los vicios. Los tres llegaron lejos porque tenían calidad y gracias también a sus defectos. Otros muchos se quedaron en el camino y nadie recuerda siquiera la composición de sus heces.

José Luis Alvite

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