El dromedario

El dromedario

En la calle de Toledo, centro de Madrid, una mujer mora de velo completo paró  un taxi. El conductor del taxi amenizaba su soledad con música. La señora musulmana le exigió que apagara la radio. «Mi religión me prohíbe oir música occidental». El taxista, amablemente, le sugirió un poco de tolerancia y respeto, si bien bajó el volumen de la radio para aliviar  el pecado de la mora, mora de la morería, mora que a mis plantas lloras, como la Azofaifa de Don Mendo. Pero ella no dio su brazo a torcer. «En tiempos del Profeta no existía la radio ni estas músicas pecaminosas, y usted está obligado a complacer a sus clientes».

El taxista apagó el aparato de radio y la dama islámica sosegó el ímpetu de su particular guerra contra el infiel. Pero el taxista, lógicamente, estaba mosqueado. Existen muchos tipos de mosqueo, el descendente, el ascendente, el creciente, el menguante y el intrascendente, entre otros muchos. El del taxista era un mosqueo ascendente-creciente, un mosqueo callado, un mosqueo de muy complicada superación. El mosqueo educado es más peligroso que el arrebato colérico momentáneo, porque se desarrolla en el ánimo a medida que pasan los minutos. Así que el taxista, aprovechando un semáforo en rojo, descendió del taxi, rodeó el vehículo, abrió la puerta derecha trasera e invitó a la medieval mujer a abandonar el coche de servicio público con estas palabras. «En tiempos del Profeta tampoco había taxis. Así que busque un dromedario para que le lleve a su destino». La soliviantada musulmana amenazó con una denuncia. Y cumplió la amenaza. Hoy, el taxista está expedientado por «falta de atención a un cliente». Y hasta aquí podíamos llegar.

Nada tengo contra los inmigrantes árabes o magrebíes. Pero sí con los que llegan a una España que los acoge para que ellos correspondan la cortesía con la grosera imposición de sus costumbres, de sus creencias y de sus normas de la Edad Media. Si esta señora le hubiera dicho al taxista que apagara la radio porque le dolía la cabeza, o se sentía mal, o simplemente porque no deseaba oir música durante el trayecto, el taxista la habría apagado inmediatamente. Pero no. Llegan a una casa ajena y en lugar de agradecer la hospitalidad, se lían a bofetadas con su anfitrión. Escribí días atrás del colegio público de Tarragona en el que los niños musulmanes han prohibido a los colegiales españoles los bocadillos de jamón, chorizo o salchichón en los recreos. Y los responsables del colegio han valorado más la imposición de los niños musulmanes que la libertad de los españoles para llevar de su casa los bocadillos que se les antoje. Cualquier día nos van a poner a todos mirando a La Meca. La intolerancia del Medievo en la civilización occidental del siglo XXI sale siempre triunfante, por su violencia y su exclusión. Si los musulmanes rechazan todo lo que no existía en los tiempos del Profeta, que retornen a sus países y vivan de acuerdo con los adelantos que disfrutaban en los tiempos del Profeta. Sucede que la demagogia barata del buenismo en algunos sectores de la izquierda española  apoya sus exigencias del siglo XI. Los que protestan por la presencia de crucifijos y vejan, humillan y hieren los sentimientos religiosos de los cristianos no se atreven con Alá, Mahoma y las mezquitas. Los cristianos no matan, y el humanismo cristiano es el fundamental sostén intelectual, artístico y social de la civilización occidental. El taxista, sin saberlo, ha representado a esa civilización avanzada y agredida. No respondió con violencia. Se limitó a recomendar a quien le había violentado que buscara un dromedario, como en los tiempos del Profeta.

Alfonso Ussía/larazon.es

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