Cuatro pequeños gestos para cambiar el mundo desde la cocina

Por: Mikel López Iturriaga

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Producción de cacao en Bolivia. / PATRICIO CROOKER-INTERMÓN OXFAM

 

Supongo que a nadie le sorprenderá saber que el sistema alimentario mundial es un desastre. No es una sensación ni una opinión: es un hecho. Mientras mil millones de personas pasan hambre, en los países industrializados más de la mitad de la población sufre sobrepeso y un tercio de la comida se va a la basura. La vida de los productores a pequeña escala y de los consumidores cada vez es más complicada por los vaivenes de los precios, y los efectos en el medio ambiente de todo el tinglado alimentario ni son positivos ni auguran un futuro demasiado feliz.

La solución al problema no es fácil. Y creo que si esperamos a que los gobiernos o las grandes empresas den con ella, lo llevamos claro. Por eso me parece interesante la campaña que Intermón Oxfam pone hoy en marcha bajo el nombre de CRECE, que apunta a lo que podemos hacer en casa para cambiar la situación. “Los que compramos, cocinamos y comemos los alimentos somos más poderosos de lo que creemos”, aseguran en la ONG. “Si juntos decimos que queremos esto en lugar de aquello, nos convertimos en una fuerza que afecta al sistema. Los poderes existentes no pueden ignorarnos: o se adaptan para satisfacer nuestras demandas o, de lo contrario, otros ocuparán su lugar”.

Estas afirmaciones pueden parecer muy teóricas, pero la iniciativa no se va por las ramas. Crece explica cuáles serían los efectos concretos de cinco sencillos actos, basándose en un estudio realizado en áreas urbanas de dos países desarrollados (Estados Unidos y Reino Unido), tres en desarrollo (Brasil, India y Filipinas) y uno en vías de subdesarrollarse (España).

No dejar nunca que se estropee la fruta

Una de cada seis manzanas que se venden en los seis países analizados en el estudio acaba en la basura. Es decir, 5.300 millones de manzanas al año. Toda esa fruta desaprovechada no es inocua: “La energía y los fertilizantes que se emplean para cultivar, recolectar, transportar y empaquetar todas esas manzanas tienen efectos sobre la atmósfera y el medio ambiente y ejercen una presión innecesaria sobre el sistema alimentario”, dice el informe. “Este desperdicio sería responsable por sí solo de tantas emisiones de gases de efecto invernadero como las que generaría quemar 10 millones de barriles de petróleo”.

Si compramos solo las manzanas que necesitamos, las conservamos en bolsas en la nevera y nos preocupamos de consumirlas todas, “estamos ayudando a proteger la capacidad de los agricultores de suministrarnos los alimentos que necesitamos”, asegura Intermón Oxfam. Obviamente, las manzanas son sólo un ejemplo aplicable a todos los productos frescos: a nadie le gusta tirar comida, pero debemos hacer un esfuerzo por repudiar más aún esa práctica nociva y antieconómica.

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Logo de la campaña CRECE. / INTERMÓN OXFAM

Comprar chocolate de comercio justo

Con que dos de las tabletas de chocolate que compramos al mes fueran de comercio justo,sólo en las zonas urbanas de Brasil, España, el Reino Unido y EEUU se venderían cada año más de 12.500 millones de tabletas. La venta de ese chocolate ayudaría a la gente que trabaja en 90.000 explotaciones agrícolas de cacao a pequeña escala. “El comercio justo puede transformar las vidas de las personas de los países en desarrollo”, asegura el informe. “Ayuda a esas familias a salir de la pobreza, a lograr una independencia económica y a tener acceso a la propiedad. Fortalece a los pequeños productores para mejorar su acceso a los mercados, y asegura que los compradores actúen teniendo en cuenta su bienestar social, económico y medioambiental”.

¿Y cómo es la vida de los productores si el comercio es injusto? Pues para decirlo en plata, muy puta, en buena parte por los vaivenes cada vez más frecuentes de los precios. Cuando bajan cobran menos, y cuando suben, los beneficios se suelen quedar en los intermediarios. “El comercio justo ayuda a garantizar que, incluso en esta situación, tengan dinero para poder comprar alimentos para sus familias y establezcan planes a largo plazo para sus explotaciones”, explica el informe. Que, por cierto, incorpora un mal dato para España: más de la mitad de la población no compra nunca o casi nunca café de comercio justo, frente al 40% de Gran Bretaña o el 20% de Brasil.

3. Ahorrar energía al cocer verduras

Reducir en un 70% la cantidad de energía que empleamos al cocer una verdura es sencillo. Basta con seguir tres normas: utilizar sólo el agua suficiente para cubrirlas, usar una cazuela baja y taparla, y reducir el fuego cuando empiece a hervir. Si todos los hogares urbanos de España y los otros países analizados por el estudio llevaran a cabo estos pasos, se ahorrarían cada año más de 30 millones de megavatios-hora de energía. “El beneficio para el medio ambiente sería aún mayor que si cada uno de estos hogares plantara la semilla de un árbol y la dejara crecer durante 10 años”, dice el informe. Hablamos de 540 millones de árboles.

Otro frente es el de los electrodomésticos encendidos en reposo. “Hasta la mitad de la electricidad que utilizan los microondas, por ejemplo, se puede gastar en el reloj que llevan incorporados, en lugar de para calentar alimentos”. Yo ya he desenchufado el mío, horrorizado tras conocer este dato.

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Maíz listo para ser molido en Guatemala. / PABLO TOSCO-INTERMÓN OXFAM

4. No tomar carne en una de las comidas semanales

En alguna ocasión he hablado de la iniciativa Lunes Sin Carne, y de mis dificultades para seguirla por mi pésima memoria. Lo que sí he logrado es reducir de forma notable mi consumo de este alimento, algo que mi salud, mi bolsillo y mi planeta me agradecen. Según Intermón Oxfam, si los hogares urbanos de EEUU, el Reino Unido, España y Brasil tomaran una comida sin carne una vez a la semana, cambiando la carne de vacuno por legumbres, se criarían cada año cerca de nueve millones y medio menos de vacas. “Eso significaría que se dejarían de producir más de 900.000 toneladas de metano al año [generado por los gases de los animales y su estiércol], lo que tendría el mismo impacto en el medio ambiente que si se quitaran 3,7 millones de coches de las calles durante un año”.

Nos podemos tomar a risa lo de los pedos de las vacas, pero el ganado es responsable del 18% del total mundial de emisiones de gases de efecto invernadero. Por si fuera poco, la ganadería también emplea una enorme cantidad de agua: “Cerca de un 8% del uso mundial de agua que realizan los seres humanos se destina a cultivar alimentos solo para las reses”.

Si comparamos, producir medio kilo de carne de vacuno requiere 6.810 litros de agua, mientras que cultivar la misma cantidad de alubias sólo requiere 818. 6.000 menos en una sola comida. 17 bañeras llenas hasta el borde. “Elegir alubias en lugar de carne puede ayudar a aliviar la inmensa presión a la que ya se ven sometidos nuestros recursos hídricos y contribuir a garantizar el suministro de alimentos seguros para el futuro de todo el mundo”, explica el estudio.

Ademas de estos cuatro gestos, Intermón Oxfam recomienda consumir productos locales y de temporada. No insistiré demasiado porque en los dos años que lleva online este blog ya he dado suficientemente la caca con este asunto. Sólo diré que no hacerlo es una absoluta memez: lo estacional sabe mejor, es más barato y castiga menos el medio ambiente. Esto no significa renunciar a los alimentos lejanos si es que no se producen en tu región: es una cuestión de puro sentido común.

http://blogs.elpais.com/el-comidista

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