Calor

Calor

Todos los veranos me convierto en una mutante. En invierno también lo soy, pero por las razones opuestas. ¡Qué frío hace!, digo. ¿Frío?, me responden, ¡esto no es frío! Anda que si vivieras en Escocia… Si viviera en Escocia tendría mucho más frío, pienso yo, pero no lo digo porque sé que, en España, sólo tiene prestigio quejarse del calor.

Sin embargo, eso es una cosa, y otra que alcanzar máximas de 40 grados en la última semana de junio represente una novedad apocalíptica, suficiente para abrir todos los telediarios. Porque la semana pasada hizo calor, eso lo reconozco hasta yo, pero en esta época del año eso es lo normal en un país donde todos aprendimos de nuestras madres a abrir las ventanas de par en par al atardecer, a crear corrientes que duren toda la noche y a bajar las persianas para cerrar la casa a cal y canto en el momento en que el sol empieza a pegar fuerte.

Es sorprendente que en estos momentos de radical incertidumbre, donde se nos pretende convencer a diario de que no podemos estar seguros de nada, el calor de mes de junio, casi lo único que podemos predecir con certeza, sea noticia. Mientras recortes salvajes nos despojan de derechos que hace poco parecían irrenunciables, mientras el control del déficit se nos presenta como un designio divino contra el que cualquier resistencia es estéril, cualquier cosa, hasta el calor que hace en verano, sirve para desencadenar una psicosis catastrófica. La estrategia del miedo no desdeña ningún recurso y hasta los termómetros son útiles para acobardarnos. No se lo consientan. Refrésquense pensando en los ERE, en la deuda, en las cuencas mineras, en el incomparable nivel de corrupción que generó la opulencia de la banca española. Recuerden lo que aprendieron de sus madres y comprenderán que cuando no pasemos calor en junio, será porque estemos todos muertos.

Almudena Grandes/elpais.es

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