Aferrados al ancla

Aferrados al ancla

Cada vez que en el país surge una crisis aguda y con la angustia se barrunta la miseria, enseguida prospera la mafia, florecen los vicios y quienes no vuelven sus ojos hacia el tarot, es porque prefieren aferrarse al viejo recurso de jugarse su destino a la carta Dios. Los más desfavorecidos salen a  la calle y buscan esquinas para practicar la mendicidad, el único empleo que no corre demasiado peligro. ¿O podría darse la paradoja de que por falta de recursos incluso esté en peligro de extinción la indigencia? En las residencias para ancianos sobran plazas porque muchos españoles se llevan de vuelta a casa a sus padres para vivir de la pensión. Es cruel pero cierto: los viejos son rentables porque generan dividendos, comen poco, y como se pasan el día sentados o postrados en la cama, apenas gastan la ropa. ¿Mala conciencia? No, en absoluto. Cuando vienen mal dadas la conciencia es una antigualla moral, un residuo de cuando por disponer de dinero podíamos permitirnos el capricho de tener también conciencia. El apremio insuperable de la miseria legitima casi cualquier conducta humana. En medio de la desesperación surge una ética distinta, a veces incluso una actitud razonablemente insensata, como cuando en la inminencia del naufragio la señora obsesionada con unir su salvación a la aparente entereza de cualquier objeto sólido, decide aferrarse al ancla. Ahora que sabemos que esto se hunde, caemos en la cuenta de lo estúpidos que hemos sido al asociar la felicidad con la riqueza. Habremos de aprender, como ya sabe el mendigo, que la jodida desgracia de no comer lleva aparejada la bendita suerte de no vomitar.

José Luis Alvite/larazon.es

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