132 por el campeón

132 por el campeón

El hígado de un campeón más que un órgano es una institución. Digo yo, es un ministerio de pasión. El suyo merece transplante. Metabolizó la realidad de nuestro país con más verdad que cualquier secretario de Estado. Pocas veces el verde, blanco y rojo estuvo mejor representado. En la cintura y puños del peleador van todos los dolores del pueblo: si te golpean te levantas, si te duele te aguantas, si te roban, aprieta el mentón y espera la revancha. Señoras y señores, Julio César Chávez cumple cincuenta años y quién chingada madre se detiene a pensar en él. No hay discursos, movimientos ni marchas decorativas. El boxeador mexicano estereotipado con la miseria, asume mejor que cualquiera el patriotismo oficial que venden los libros de la SEP. Esos que nunca le llegaron. Su educación está en la piel, sangra, escurre y sobre todo, duele. Marca, deja cicatriz. La memoria del pellejo es un mapa de vida. Se compone de hazañas que dibuja el hambre, el instinto y la rebeldía del olvido. Escenografía en Las Vegas: “cammon gringo loco i broke your mother puto”. Chávez es un ídolo extraviado, pongamos honor y alma en pie, porque la anatomía de las sociedades está representada por hombres pequeños que luchan como gigantes. Mexicanos de carne y hueso, robustos de orgullo, anémicos de honestidad. Me intoxica ver a Chávez mendigando un homenaje, si no soy consciente para agradecer al tipo que hipotecó su coraje empeñando el hígado, no seré capaz de explicarle a mis hijos el significado del México moderno, huérfano de valientes. Mi país no está en los nudillos ni la chequera en blanco de un peleador, es verdad, pero desperdiciar el sacrificio de mi campeón, mexicano, adolorido y olvidado, es más triste que votar.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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