Rehenes

Rehenes

No sé si hay una palabra más sobrevaluada y peor entendida que la palabra inteligencia. Suele entenderse solo en su dimensión racional, consistente en unir silogismos, tejer conceptos o usar información acumulada para sostener argumentos previamente asumidos como ciertos. Denme algo en qué creer y yo encontraré las razones, decía Montaigne.

No hay nada inteligente o nuevo en decir que hay otras inteligencias indispensables, más importantes que la inteligencia abstracta, para tener una vida inteligente. La inteligencia de entender las emociones de los otros, por ejemplo: sentirlas, presentirlas, inteligirlas.

O la inteligencia de entenderse a sí mismo, de saber mirar con claridad y encontrar un sentido en el mazacote de impulsos y fantasmas que es nuestro interior, normalmente una resonancia de los estímulos transitivos del día y de las emociones que acuden a ellos como fragmentos a su imán (Lezama).

Somos con frecuencia lo que tenemos que hacer, lo que estamos haciendo, por ejemplo escribir este artículo, que va excluyendo de su paso todo lo que no sirve a su propósito, a menudo cosas mucho más interesantes que él.

Mientras escribía lo anterior, por ejemplo, pasaba por mí el ladrido ahogado que hace mi perro cuando le sobo el cuello, un sonido de gratitud desamparada tan conmovedor como inaprehensible para mí.

Todo esto, claro, en el supuesto de que exista un yo íntimo, orgánico, secreto e intransferible, al que puedo interrogar desde mi yo biográfico, acumulable, burocrático, ese que llevamos todos sobre el hombro como un ventrílocuo, o como un loro: solo sabe repetir las frases que le hemos enseñado y al repetirlas va borrando, omitiendo, los demás territorios latentes que somos también, pero que no tenemos la costumbre de mirar o que nuestra costumbre nos impide pensar nuestros.

No sé qué tiene que ver esto con el momento que vive México, pero algo. Al menos el hecho de que cada vez más ciudadanos olvidan o posponen la diversidad inteligente de su vida y entran en la lógica binaria de la inteligencia de los políticos en campaña, que es pelear.

La inteligencia de los políticos en campaña consiste en suprimir lo característico de la inteligencia, que es la duda, y en imponer la certeza. Lo inteligente en esa refriega es no ser inteligente, sino ciego y partidario.

Tenemos derecho a estar hartos de quienes en estos días ejercen esa inteligencia y nos vuelven rehenes de su celo profesional. Tenemos derecho, en especial, a estar hartos de quienes hacen del pleito una epifanía, del insulto un orgullo, de la negación del otro un método y una bandera de la mala fe.

Héctor Aguilar Camín/mileniodiario

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