Periodismo de mármol

Periodismo de mármol

Veo en televisión una tertulia en la que se debate sobre la situación por la que atraviesa el país y apago el receptor con la sensación de haber escuchado conceptos «elevados» y «complejos» sin que me hayan contado de verdad la inquietud que se percibe en las calles; es decir, me entero de la retórica de la alta economía, carente de emoción y repleta de abstracciones, y espero inútilmente a que alguno de los tertulianos desista de explicarme lo que le ocurre al país en la literatura de las grandes cifras y me cuente lo que le sucede a la gente en la estrechez de sus bolsillos. Quienes debaten son políticos acomodados, periodistas de partido y economistas lo bastante ambiguos como para que en sus palabras se pueda entender una cosa y la contraria. Y yo me digo que si quiero saber lo que de verdad ocurre en España, lo mejor será que apague el televisor y me asome a la ventana. Ésa era en esencia la irrenunciable misión del periodismo y creo que esta profesión será engullida por el teatro si no recupera a tiempo el instinto callejero del que procede. Si no hacemos eso a tiempo, no podremos quejarnos luego de que el tipo que toma café en el bar cierre el periódico si quiere enterarse de lo que sucede en la acera de enfrente. Habremos de acercarnos a las basuras en las que hurgan las familias sin trabajo, a las colas de los comedores de la beneficencia y a esos hogares, cada vez más numerosos, en los que millares de madres enseñan a sus niños a alegrarse sin motivo, a rezar sin fe y a dormir con hambre. Porque si no nos preocupa que toda esa gente pase sin comer, no tendremos derecho a lamentarnos de que pasen también sin leer. Por favor, no esperemos a enterarnos del fin del periodismo por haberlo leído en un diario con la portada de mármol.

José Luis Alvite/larzon,es

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