Pensamientos con vientre (y VI)

Pensamientos con vientre (y VI)
pintura de:Norberto Alvarez Debans

Aunque era muy niño cuando ocurrió aquello, recuerdo la muerte de mi abuela paterna como un acontecimiento familiar tan casero como podría haberlo sido un cumpleaños. Creo haber observado entonces en el ir y venir de mi madre y de mis tías el ajetreo de un puñado de mujeres preocupadas de que la muerte no significase para mis hermanos y para mí un suceso luctuoso, sino un episodio doméstico en el que nunca faltó el aroma redentor de una buena sopa de gallina. Incluso en su lecho de dolor, mi abuela consumía los últimos instantes de su vida con una inquietud que tenía menos que ver con la idea de la muerte que con la angustia que le suponía imaginar que por su culpa se amontonase la loza en el fregadero. Con el tiempo me he dado cuenta de que esa suele ser por lo general la actitud de las mujeres, capaces de un estoicismo admirable que no excluye su silenciosa rebelión frente a las incomodidades de la fatalidad. Es obvio que su abnegación no es una invención de la literatura y que tampoco lo es su reconocida resistencia al dolor, ni la demostrada facilidad con la que convierten la muerte en una cierta rutina existencial. He visto a mi madre en el trance de morir y pude comprobar en ella esa actitud que les permite a las mujeres convertir en cordial rutina cualquier desgracia. Con un hilo de voz daba instrucciones para que todo funcionase en casa después de su ausencia. Lo hacía sin dramatizar, aunque me pareció que, además de nuestro porvenir, lo que de verdad le preocupaba era que su agonía les supusiese a mis tías un aumento de la colada. Pero así son las mujeres, esos formidables seres humanos que se enfrentan a su agonía con la misma disciplina que si fuesen a morirse por prescripción facultativa.

José Luis Alvite/larazon.es

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