Pensamientos con vientre (I)

Pensamientos con vientre (I)

Al releer un texto sobre la personalidad de Vicente Blasco Ibáñez recordé su afición a las mujeres como especialidad literaria y también como realidad carnal. Por lo visto, a don Vicente le atraían casi por igual sus cuerpos y sus almas, es decir, el erotismo y la psicología de las mujeres, la esfericidad obstétrica de sus cuerpos y esos otros aspectos singulares y recónditos de su personalidad que suelen denominar «el eterno femenino» los cursis, los notarios  y los metafísicos. Yo he intentado durante toda mi vida saber algo de las mujeres y después de una dedicación verdaderamente entregada, casi monográfica, he llegado a la conclusión de que un hombre sólo sabe verdaderamente algo de una mujer con motivo de lo mucho que lamenta haberla perdido por culpa precisamente de no haber acertado jamás a conocerla. Hay en la feminidad un misterio insondable de muy difícil acceso, algo plural e inconcreto, matices volubles en los que se mezclan en dosis muy personales la fisiología y la sensibilidad emocional, de manera que cada una es en si misma un modelo irrepetible y admirable, un complejo mecanismo difícil de conocer e interpretar, un espacio en el que prosperan la realidad y la conjetura. Hay gestos femeninos que desorientan mucho a los hombres y yo creo que forman parte del fascinante misterio de la feminidad, como cuando con motivo de un dolor de cabeza se lleven las manos al vientre. ¿Residirá acaso en el vientre el sagrado resorte de la feminidad? ¿Sería en el vientre remoto de las mujeres donde fuimos alguna vez lúcidos los hombres?

José Luis Alvite/larazon.es

 

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