México DF: apuntes para un análisis del “despapaye”

Por: Pablo de Llano

Tacuba
En el mercadillo ambulante de Tacuba, México DF, las autoridades acaban de retirar una trampa asentada desde hace años que consistía en un cúmulo amorfo de cables enganchados a un transformador de electricidad del que robaban energía más de 300 puestos de venta callejeros.

A una toma furtiva de electricidad en esta ciudad se le llama diablito, y a esto que había en Tacuba le llamaban el megadiablo. Los comerciantes reconocen que era un “despapaye”, pero eso no quiere decir que se sientan culpables de chupar electricidad sin pagar y que vayan a dejar de hacerlo, sino que ahora buscarán distribuir el robo de una manera más decorosa. El problema no era que el megadiablo fuese ilegal, explican, sino que “se veía bien feo”.

México DF es una ciudad –o algo parecido– que en buena medida funciona y está estructurada en torno a la trampa. “Aquí existe lo legal, lo permitido y lo tolerable”, dice Jorge Carbajal, un marista laico que lleva más de diez años haciendo trabajo comunitario en el humilde barrio de Miravalle.

Es un conjunto numeroso de viviendas construido sobre la falda de un cerro, debajo de un volcán inactivo, que se montó espontáneamente sobre suelo protegido y ahora ya es legal, a la manera como se fueron asentando muchas zonas pobres de la ciudad. Pero a un lado sigue teniendo un poblado de casas de cartón –unas 200 viviendas– perfectamente ilegal.

Miravalle2
Entramos en jeep por un camino de tierra, dejamos el coche y caminamos hacia dentro de la miserable aldeíta. Por un lado del camino corre una fila de postes de madera que sostienen los cables que van de las casuchas a algún punto de electricidad pública. Nadie los retira porque ya forman parte de la generosa dimensión defeña de lo tolerable.

En un puesto de alimentos, detrás de una ventana enrejada, una señora nos explica sin muchas ganas la obviedad por la que están allí en esas condiciones: “Pues nos vinimos persiguiendo la tierra”.

Parece que van a conseguirla. Aunque no tienen ninguna infraestructura básica, a este secarral empinado de los confines de la ciudad viene de vez en cuando un camión cisterna del Gobierno local para traerles agua potable. Ocupar suelo protegido es ilegal, pero tampoco es legal dejar sin agua a un millar de seres humanos, que a su vez son “un millar de votos”, como hace notar el activista Carbajal.

Peseros achatarrados

Bajando de vuelta al valle de la ciudad por las cuestas de Miravalle nos cruzamos uno detrás de otro con unos camioncitos medio desvencijados que aquí se conocen como peseros.

Tienen características negativas, como que sean conducidos en ocasiones por menores de edad o que provoquen accidentes regularmente, pero al fin y al cabo, como reconoce la Secretaría de Transporte, cubren un 45% de los nueve millones de viajes que se hacen al día en el DF.

De todos modos, los peseros son una chapuza estructural en proceso de extinción, al menos tal y como los han conocido los defeños hasta nuestros días. En estos momentos aún funcionan así: el Gobierno local vende la licencia de una ruta a un grupito de empresarios y luego estos le alquilan sus precarios vehículos a otros ciudadanos, sin contrato ni seguro, a cambio de que al final del día o de la semana les entreguen una cuota fija de beneficios. Los ingresos del chófer, por lo tanto, dependen de la cantidad de gente que meta dentro, o sea que dependen de cargar y descargar la mayor cantidad de pasajeros en la menor cantidad de tiempo posible, condición idónea para que esta red de transporte sea una carrera diaria de autos locos.

El Gobierno ya está achatarrando la flota de viejos peseros para que los empresarios los cambien por vehículos más dignos con la ayuda de una subvención. Y tiene intención de que los propietarios de las rutas formen sociedades mercantiles más amplias que compacten más el mercado y le hagan contratos con sueldo fijo y seguro social a sus conductores, de modo que se atenúe la dispersión de intereses y se contenga el Far West de los peseros.

La irregularidad de los conductores de camioncitos silvestres es similar a la de los pepenadores, como se conoce a los individuos que van subidos a los cajones metálicos de los camiones de basura públicos.

–¿Usted cobra por recoger la basura? –le pregunto a uno de ellos.

–No güero, yo nomás saco de lo que pepeno.

Los pepenadores de los camiones son los primeros receptores del grueso de las 9.000 toneladas de basura que produce el DF cada día, y viven de revender plástico, vidrio, hierro o lo que quiera que encuentren. Pero no tienen ningún tipo de vínculo con la administración para la que a fin de cuentas trabajan.

El sociólogo Héctor Castillo Berthier, especialista en la subeconomía de la basura, tanto que se pasó un tiempo trabajando de pepenador para conocer el funcionamiento interno del mercado de los despojos, tiene la teoría de que a una sociedad se la conoce por cómo trata su basura.

–¿Y qué imagen devuelve el espejo de la basura al DF? –le pregunto para conocer su visión teórica del despapaye.

–Lo que nos devuelve este espejo –sintetiza Castillo Berthier–, es la imagen de la premodernidad.

Fotografías, de arriba a abajo: 1. Megadiablo del mercadillo de Tacuba tras ser desconectado (P. LL.). 2. Panorámica de México DF desde el barrio popular de Miravalle (P. LL.). 3. Peseros en el instante de ser achatarrados por el Gobierno local (Secretaría de Transporte del DF).

http://blogs.elpais.com/periscopio-chilango

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