Lo el que el dinero no puede comprar

Por: María Teresa Ronderos

Es el título del libro de Michael Sandel, el profesor estadounidense y agudo pensador contemporáneo, Caratula libro Sandel

que deberían leerse todos los políticos. La tesis de Sandel es que, ante el fracaso del socialismo,  en las últimas tres décadas, el capitalismo se expandió sin límites y pasamos de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Así, el mercado define ya no sólo el valor de los bienes de consumo y de capital, si no todo aquello que valoramos, como la paternidad, la amistad, el coraje, la dignidad, el civismo.

Hemos visto recientemente voces de protesta como los Indignados, Occupy Wall Street en contra del salvamento que hicieron los gobiernos del gran capital financiero; en contra de la desigualdad, la injusticia, el desempleo, el abuso de los poderosos, dice Sandel, pero apunta que “sigue faltando en nuestra vida política un debate serio sobre el papel y el alcance de los mercados”.

Sandel ofrece múltiples ejemplos de cómo se le ha puesto precio de compra y venta a casi todo.

Así, pusieron en el mercado la maternidad porque madres ajenas en India alquilan vientres por 6.250 dólares a mujeres occidentales ricas que no pueden tener hijos. Además, una ONG de Carolina del Norte le paga 300 dólares a drogadictas desesperadas para que se esterilicen y no tengan hijos. Esta organización alega que así evita que nazcan niños adictos.

También monetizaron el derecho a participar en las sesiones del Congreso de Estados Unidos. Las firmas de cabildeo, que quieren incidir en una ley, le pagan a habitantes de la calle entre 15 y 20 dólares la hora para que hagan cola por varias horas y cuando van a entrar son reemplazados por los elegantes ejecutivos de las firmas, quienes copan todo el espacio que está reservado para los ciudadanos comunes quisieran participar en la sesiones legislativas. El servicio también existe para entrar a las sesiones abiertas de la Corte Suprema de Justicia.

Incluso ya existe la firma LineStanding.com que ofrece hacer la colas en el Congreso y en la que se pueden ver qué audiencias tendrán próximamente los senadores y pagar el “servicio” de hacer cola por Internet. Los habitantes de la calle agradecen el negocio pues les pagan el dinero que tanto les falta.

Los que pagan para entrar al Congreso no son los únicos que compran colarse en la fila. Por 39 dólares United Airlines le da prioridad a sus clientes para subirse a algunos vuelos, y esto incluye pasar de primero en la fila del punto de seguridad. En el aeropuerto de Luton en Londres colarse la fila es más barato: la gente que pague 3 libras puede pasar de primero el control de seguridad.

También se venden el acceso más rápido a la salud, pagando un extra para no tener que esperar que el médico te de la cita, y esto pasa incluso en la socialista China.Intermediarios compran las boletas de citas con los doctores en Beijing y las venden con una utilidad, en plena sala de espera.

Y también, cuando el Papa fue a Estados Unidos, y la Iglesia Católica le repartió a sus parroquianos boletas para que entraran a sus misas, algunos de ellos vendieron los tiquetes hasta por 200 dólares a otros que estaban dispuestos a pagar por ver al Papa en persona.

Sandel se pregunta qué es lo que nos repugna de estas prácticas, y obtiene varias respuestas. La primera y más obvia es que amplían la brecha social entre pudientes y pobres. Si tienes dinero no sólo vives en una mejor casa y compras un mejor carro e incluso pagas mejor educación y salud, si no que además en aeropuertos, Congreso, misas, consultorios médicos o conciertos de rock al pobre le toca esperar en fila mil horas, relegado frente al poder del que compra. Y la mujer pobre que quiera y no pueda tener hijos no puede ni siquiera compartir su pena con una rica en la misma condición, porque esta última puede pagarse su maternidad. La marginalización de los pobres se vuelve general, extrema.

Pero hay otra razón que discute Sandel en su libro por la cual rechazamos instintivamente que todo esté a la venta. Y es la corrupción que sufre el bien tranzado cuando el mercado lo tasa en un valor menor (sólo dinero) del que socialmente le damos. Así, por ejemplo, alguien puede pagarle a otro para que lo acompañe, o para que le haga favores e incluso lo felicite el día del cumpleaños, y decir que se compró “un amigo”. Pero realmente ese contratista no es un amigo porque la sociedad valora la amistad como un valor mayor, algo que no se puede comprar.

Al vender el derecho de los ciudadanos a influir en las leyes en el Congreso o en la Corte, al vender el derecho que da hacer la fila, al vender la capacidad reproductiva para tener o no tener hijos, se les resta valor a la política, a la justicia a la maternidad. Deberíamos preguntarnos si estamos consiguiendo que la gente sea más feliz, y la sociedad sea mejor, dejando que el mercado lo regule todo.

La gente que ha salido a protestar en todos los continentes en los últimos años siente de alguna manera que necesita un nuevo discurso ético porque el del mercado está creando una sociedad de privilegiados, y una sociedad que ha corrompido muchos de los valores que más aprecia. Además las democracias peligran porque ricos y pobres viven en mundos separados que no se tocan. Y los privilegiados que toman las decisiones sobre casi todo lo que afecta a la mayoría, ya ni siquiera tienen una idea de cómo es vivir allá en ese submundo.

“La democracia no necesita de la igualdad perfecta, pero sí requiere de ciudadanos que compartan una vida en común”, dice Sandel al final de su libro. “Lo que importa es que gente con orígenes y posiciones sociales diferentes se encuentren, se topen a diario en el curso de la vida común. Así es que aprendemos a negociar y aceptar nuestra diferencias, y así llega a importarnos el bien común”.

Esta reflexión es aún más urgente en Colombia, donde las distancias sociales y económicas ya son obscenas, y pobres y ricos pueden pasarse una vida entera sin verse. Ademas en nuestro país, desde hace tiempo se mercantilizan valores intangibles: el deber cívico de votar, el concurso público para un puesto; la dignidad de una curul en el Congreso, los fallos de la justicia, la seguridad…

(Las citas son traducciones mías de “What Money Can’t Buy, The moral limits of markets”, de Michael Sandel, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2012)

http://blogs.elpais.com/trova-paralela

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