Guiso de calamares (I)

Guiso de calamares (I)

Me esperaba casi cada noche al amparo de la oscuridad, en el callejón por el que salía del periódico después de haber entregado mi crónica de sucesos. El gitano Dimas Gabarri había asesinado años atrás a un hombre en la ciudad de A Coruña y con la prisión se había vuelto casi razonable. A veces me contaba cosas y no le importaba delatar a otro a cambio de una pequeña suma de dinero que yo pagaba de mi bolsillo. Ni él ni yo teníamos dudas morales sobre eso. Yo vivía de escribir y él y los suyos tenían que comer. Una noche el bueno de Dimas me dijo que él tenía conciencia, pero que cuando apretaba el hambre, en las advertencias de Dios se le mezclaba, como una tentación insuperable, el recuerdo de haber olido un guiso de calamares al pasar por la puerta de una tasca. Después me dio la noticia de un atraco sin importancia, un asunto de medio pelo que no habría merecido una sola frase en el periódico, y rehusé pagarle. Entonces detuvo sus pasos, me sujetó de un brazo y me dijo: «¿Qué quieres que haga? Vivimos en una ciudad pequeña. Hay gente decente por todas partes. Joder, colega, esta ciudad es más tranquila que su cementerio. No puedo traerte un cadáver cada noche. Estamos pasando un bache, hermano. El otro día atraqué a un hombre de madrugada en una calle desierta. El tipo tenía los bolsillos vacíos. Me dio pena. ¿Sabes?, me dio mucha pena, así que me largué antes de que, por culpa de sentir compasión, el jodido atraco me costase dinero. Vivo en un chamizo con mi mujer y tres hijos que se  suben a la mesa para que no los muerdan las ratas. Necesito dinero, hermano, y resulta que vivimos en una ciudad decente. Te traigo lo que tengo. La gente tiene últimamente el jodido vicio de no matar. ¿¡Qué coño quieres que haga!?»…

José Luis Alvite/larazon.es

 

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