España, ¿camisa blanca de mi esperanza?

Conversé el sábado con un par de españoles mientras conocí la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an. Él, policía, un mosso d’Esquadra catalán. Ella, enfermera. Entre bache y bache del accidentado camino en el que conducíamos un Jeep, y entre algún caimán, el snorkel, un par de delfines y la piscina natural más bella del mundo, comentamos sobre la situación de su país.

“Nosotros somos privilegiados”, decía ella, mientras describía los horrores de la debacle del paro (desempleo): gente hurgando en los contenedores de basura para conseguir comida; europeos del Este robando casas; jóvenes pernoctando encima de cartones en los cajeros automáticos. Él, policía de alto entrenamiento, me mostró las imágenes recientes que capturó en su celular desde la furgonetaoficial, desde donde lanzó gases lacrimógenos para dispersar la más reciente manifestación sindical contra las políticas del gobierno.

“Trabajo turnos de doce horas. Por cada turno de trabajo, tengo uno de descanso, alternados”, señaló la enfermera. Es decir, labora lunes, miércoles y viernes, más la guardia del fin de semana que le asignen. Añade: “Si lo junto con los dos días de fiesta del mes a los que tengo derecho, puedo tener libres sábado, domingo, lunes, martes y miércoles”. Su novio, el policía, trabaja una semana sí y una no.

No me imagino un sistema laboral tan laxo sin consecuencias. ¿Cuáles? Las que vimos el fin de semana: el ministro de Economía español, Luis de Guindos, teniendo que salir a hacer malabares para tratar de explicar que la solicitud formal del sábado para pedir 100 mil millones de euros solo es para salvar a los bancos españoles, pero no a la economía de su país. La explicación de De Guindos es casi soez: como si un moribundo pidiera al doctor que le salve el hígado, pero que ni se crea que le está pidiendo que le salve la vida. Solo le está solicitando salvar su hígado (¿?).

Dos cosas ocurren cuando uno pide prestado para resolver otra deuda. La primera es que quien te presta te pone ciertas condiciones. La segunda es que durante los siguientes meses o años el tío que te prestó tendrá voz y voto en la forma en la que vives. Tu acreedor no será, oh no, la camisa blanca de tu esperanza.

Carlos mota/nileniodiario

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