El fin de México… tal y como lo conocemos

Dani Rodrik, afamado economista de Harvard, acaba de publicar un texto que lleva por título “El fin del mundo tal y como lo conocemos”. Rodrik parte de la inevitable Ley de Murphy: ¿qué pasaría si todo lo que puede salir mal sale mal? La eurozona se derrumba; la primavera árabe se convierte en un invierno teocrático; China se hunde en una espiral autodestructiva por su incapacidad de adaptarse a los cambios; Mitt Romney, recién electo presidente, radicaliza la posición de Estados Unidos con relación a los grandes problemas mundiales. Según Rodrik, la Segunda Gran Depresión estaría aquí poblada por fantasmas conocidos: proteccionismo, desempleo rampante, protestas interminables, proliferación de extremistas y aniquilamiento de demócratas… el fin del mundo tal y como lo conocemos. Traslademos el ejercicio de Rodrik a México… pero a la inversa, así sea por un momento. Aunque falten varios meses para su término, una de las últimas estampas de este gobierno será la Cumbre de Líderes del G20 en “el acuario del mundo”, como dijera Jacques Cousteau. Y una de las imágenes más ecuánimes del presidente Calderón será la que resultó de su entrevista con López-Dóriga al término del acto. Es una pena que algunos presidentes no empiecen su gobierno con la templanza, visión y carácter con el que lo terminan. Otra historia sería. ¿México capitalizando al FMI para auxiliar en la catástrofe europea? Quién lo dijera. Acaso, detrás de ese pequeño gran gesto hay una señal de que el futuro puede ser menos desalentador que aquel que comúnmente vislumbramos. No es producto del azar que en una mesa alrededor de las grandes potencias, la posición de México en estos temas sea relevante y escuchada. Reconocimiento particular para la cancillería y la Secretaría de Hacienda, aunque ello no exima al país de su ánimo y propósito manifiesto de cambio, de renovación, de esperanza. Simplemente nos dice que tal vez hay algo mejor a la vuelta de la esquina. Por mucho tiempo hemos vivido anegados de pesimismo. Siempre salimos perdiendo en las comparaciones con otros países. Siempre dependemos de las decisiones de otros para sobrevivir. Ganamos en los torneos para jóvenes, pero a la hora de la hora no pasamos al famoso “quinto partido” en el Mundial. Jorge Domínguez hablaba de la “fracasomanía”, el pesimismo persistente ante una realidad que parece inamovible… “todos los políticos son corruptos… los empresarios solo buscan explotar a los demás… impera el desinterés en los jóvenes… coleccionamos últimos lugares en educación y primeros lugares en muertes violentas…”. Por alguna extraña razón, los buenos siempre pierden en México. No hay luz al final del túnel porque éste es interminable. Sin embargo, capaz que hay razones para dar una pequeña oportunidad al optimismo, para pensar que del ya clarísimo resultado de las elecciones puede surgir un nuevo ánimo colectivo. Hasta cierto punto, hemos dejado de ser un país de jorongos, sarapes y sombreros de charro, mariachis, tríos y marimbas, para convertirnos en un espacio de estabilidad económica y perspectivas económicas alentadoras. No es que dejamos de ser aquello; simplemente lo hemos acompañado de esto otro. En materia del índice de desarrollo humano, por ejemplo, ocupamos un mediano lugar 57 entre 187 países, muy por encima de los afamados Rusia (66), Brasil (87) o la poderosa China (101). En efecto, el país ya no es como antes, por lo que no podrá ser gobernado como antes. La relevancia de la sociedad civil y los medios de comunicación, de buena parte de instituciones autónomas como la Suprema Corte de Justicia, el IFE o el IFAI, así como de un creciente elenco de voces independientes, deben poder garantizar una creciente estabilidad democrática y los beneficios que de ella se desprendan. Así, es posible que una parte del México que conocemos comience a entonar el canto del cisne como preludio a los cambios que pueden llegar si nos los apropiamos. Ya no más un México encerrado en el encono resultado de la incapacidad de aceptar un resultado electoral adverso; ya no más un país que se atrasa y desespera por no encontrar arreglos institucionales propios de quien quiere alcanzar su futuro; ya no más tlatoanis ni industria de la protesta, poderes metaconstitucionales o impunidades corporativas rampantes. Sin parafrasear a Bertrand Russell (“el problema de México es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”), estas elecciones podrían ser el comienzo del fin de México… tal y como lo conocemos en muchos de sus rubros. ¿Por qué no retomar una narrativa que le permita al país dar el paso decisivo hacia la modernidad?

Marco Provencio/mileniodiario

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