Calor con yeguas

Calor con yeguas

Hace un calor terrible que ciega la razón y aviva los instintos, esa temperatura meridional que confunde las ideas y excita los sentidos. Pertenecemos políticamente a Europa pero somos el Sur, es decir, cabreada tierra de emociones fuertes en la que la gente tiene la tentación de guisar el agua y desangrar la leche. De Europa no nos separan sólo los cartesianos muebles sin clavos, ni los datos económicos, sino, sobre todo, las isotermas, esas líneas que delimitan el Norte sensato y albigense, tan profiláctico, y el Sur inflamado y caótico en el que todavía medra en los trigales el viejo barbecho de blusas y enaguas que le añade un glandular tufo de lujuria al aroma huesudo de la brisa candente y expósita que vaga apátrida por el erial y anuda las banderas, forma ganglios de sebo en la corriente reacia de los ríos y pone cachondos a los perros. A mí me cuesta trabajar con este calor odioso, y sin embargo, comprendo que los hombres y las mujeres alcancen la plenitud de su creativa furia sensual en días como estos, postrados en cama por el peso insuperable y lascivo de las pasiones más bajas, las que en medio del bochorno me traen el recuerdo de las yeguas de los soldados tarareando con el charol de sus patas la carretera hasta las orillas del Sar mientras se les descolgaba por la cucaña del rabo una ristra de sexo, un denso membrillo de orines, el hedor estimulante de sus vulvas hinchadas como gomosos buñuelos de betún. ¿Entenderán eso los europeos septentrionales, luteranos y fríos, tan razonables y austeros, tan capaces, se dice, de aguardar pacientemente a que hierva la leche con la cocina en penumbra, en un hornillo apagado? No, no nos entienden. Porque España no es una nación, sino una guerra en la que a veces, sin darnos cuenta, morimos todos en el mismo bando.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura: autor desconocido

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