Tristeza, esa felicidad…;

Tristeza, esa felicidad...;

Cada vez que alguien me pregunta sobre la felicidad y argumenta que su sensación excluye la de la tristeza, me rebelo porque creo que hay en el dolor, en el fracaso, en la derrota, ingredientes emocionales que conducen a cierta felicidad. No se trata de la felicidad dominical que se sustancia con una compra generosa de suculentos pasteles en la confitería. La que se deriva de la tristeza es una felicidad relacionada con la creatividad, es decir, una especie de felicidad aterida de dolor y pletórica de sugerencias, como le ocurriría al náufrago que al haberse caído al mar por la borda del barco descubriese el placer de la natación. Yo he preferido siempre esa felicidad que no viene del júbilo, sino de la desgracia. Por eso considero irrenunciable la sensación de  placer que me produce una sinfonía triste de Mahler y me resulta indiferente la alegría desenvuelta, callejera y baldía de cualquier rondalla. Muchas de las obras musicales más amargas son las mismas que producen mayor alegría en quienes las escuchan. Se trata de un placer sin alegría, como cuando de niño disfrutabas a sabiendas de que el dolor de las articulaciones era la expectativa de la pubertad. Conviene no confundir la felicidad con la risa, que con mucha frecuencia no es una conquista de la inteligencia, sino la inequívoca secuela de su ausencia. A mí me ha gustado siempre la felicidad creativa que surge del dolor, la luminosidad que encuentra el pintor al borde de la ceguera, o ese instante inenarrable en el que por haber perdido su trabajo de cartero, un hombre descubre su vocación de escritor. ¿Y no es acaso motivo de felicidad que alguien aprenda a leer aunque sólo sea para enterarse por sí mismo de lo que dice su carta de despido? Gracias a su desdichada felicidad creativa, Mahler no compuso nada para ser tocado alegremente con pandereta.

José Luis Alvite/larazon.es

La pintura es de Edward Hooper

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