Prohibir las corridas de toros… ¿Por qué?

Prohibir las corridas de toros… ¿Por qué?

Se apresta ya, doña Asamblea de Representantes del DeFectuoso–muy engallada y henchida de corrección política— a asestarle un golpe de muerte a la fiesta brava. ¿Esos presuntos intermediarios del sufrido pueblo de la capital –incapaces de reglamentar las estorbosas manifestaciones que desmadran, un día sí y el otro también, la vida de millones de ciudadanos (aparte de que impedir la libre circulación de las personas es una flagrante violación de los derechos consagrados en nuestra Carta Magna)— esos tales representantes, repito, se tienen que entrometer en todos los asuntos e, infectados de la manía de legislar sin respiro sobre menudencias mientras que escurren el bulto en el caso de los temas verdaderamente importantes (que suelen ser, mira tú, los más contraproducentes para sus cicateros intereses políticos), le van ahora a recetar una tremenda prohibición a los aficionados a los toros?

O sea, ¿que ni Fabián López “El Juli” ni Enrique Ponce ni Sebastián Castella ni Joselito Adame ni tantos otros –entre los que se cuentan chavales y chavalas que, aprendiendo las artes del toreo en las escuelas de Tauromaquia, se ilusionancon vestir de luces en la Plaza México— podrán ya jamás poner un pie en el redondel de la plaza de toros más grande del mundo? Ah…

Roberto Vázquez Bolio, en la columna que escribió el pasado miércoles en estas páginas, comentaba que, de todas maneras, los aficionados ya no acuden a las corridas. Pues, muy bien: que la fiesta, entonces, expire de muerte natural. Y que desaparezca también el toro de lidia, uno de los animales más hermosos que existen y que, hasta el momento en que es sacrificado en el ruedo, no ha hecho otra cosa que recibir cuidados y mimos en unas dehesas donde ha pastado a su aire toda su vida, en plena libertad. Pero, mientras tanto, si tan grande preocupación tienen por suerte de las bestias, pues entonces que prohíban también el consumo de carne de cerdo (¿no los han visto en las carreteras, a esos pobres animales aterrados, apelotonados en jaulas asfixiantes, mientras son conducidos al matadero?), que se ocupen de mejorar las condiciones de las vacas en los ranchos lecheros y, ya puestos, que se den una vuelta por unos rastros que, escondidos de la vista de la gente, son verdaderas sucursales del infierno, lugares espantosos donde las reses son destripadas con infinita crueldad. Más eficacia y menos hipocresía, por favor.

Prohibir las corridas de toros… ¿Por qué?

Román Revueltas/mileniodiario

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