Pobreza, esa patología

Pobreza, esa patología

Hay muchas maneras de luchar contra la pobreza material de un pueblo. Una de ellas consiste en mentir en las estadísticas de la exclusión social para que la opinión pública tenga una idea aritmética menos inquietante. También se puede reducir la apariencia de la miseria con el retoque interesado de su dimensión informativa, o, simplemente, modificando a la baja los criterios para la medición técnica de la pobreza. Eso se logra, por ejemplo, convirtiendo el hambre en dieta, y la horrible miseria, en literaria bohemia. Lo verdaderamente terrible es algo que se extiende por la geografía española como una epidemia: la prohibición de la presencia estética de la pobreza en las calles, con severas multas de rico para quienes sucumban a la tentación de mendigar. Igual que los nazis del III Reich gaseaban a los judíos con el mismo cinismo que si el Holocausto fuese un tratamiento médico, los  nuevos exterminadores morales de la democracia parecen dispuestos a erradicar de la calle a los mendigos, reduciéndolos a bolsas invisibles. En vez de procurar la supresión de la indigencia, se aboga por disimularla o castigarla incluso con el presidio. De ese modo se disimula por pudor lo que casi nadie se atreve a resolver por justicia. Eso significa que hay personas a las que la miseria creciente lo que les produce no es remordimiento, sino asco. Por eso manipulan la mendicidad con profiláctica distancia estadística y evitan su exhibición pública. No es nada nuevo el tratamiento de la mendicidad considerándola una patología. Mientras el país se hunde con el peso de su podredumbre, los miserables y excluidos se preguntan qué diablos habrán hecho ellos para que, apostados con hambre frente al contenedor de la basura, no se les reconozca los mismos derechos que a sus perros.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura de : 

Oswaldo Guayasamín

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