Miedo a la soledad

Me sentía yo siempre muy sola. Sumida en mi desconsuelo, le daba vueltas a la cabeza. De tanto pensar, comenzó a dolerme mucho, muchísimo, la sesera. El doctor, salomónico, decidió cortármela. Luego, empezaron a dolerme los brazos, y de nuevo, el doctor mandó amputar. La congoja que me comprimía el pecho y estómago resultaba insoportable y decidieron seccionarme el tronco por las caderas, que al poco tiempo, en un tonto traspiés, me fracturé. Las dos piernas resistían malamente unidas por la pelvis, pero sufrí una lesión de ligamentos cruzados incurable, así que el doctor, ya saben. Ahora, mis pies pasean temerosos de que, por un maldito juanete, puedan quedarse el uno sin el otro.

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Miedo a la soledad
Raun

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