Falta de litio

Falta de litio

No creo que la Universidad de Berkeley se haya cubierto de gloria al advertir que los ricos son más insolentes que los pobres. Al reconocimiento de la perversidad de los ricos puede llegar cualquiera. Basta con recoger la sabiduría popular para darse cuenta de que por lo general, cuando no es heredada, la opulencia suele ser una conquista de la inmoralidad, el resultado de una conducta ilegal, la consecuencia de un comportamiento reprobable. La experiencia nos dice  que la moralidad es excluyente de la riqueza porque produce en el ser humano algo que le incapacita para la prosperidad a cualquier precio: la conciencia. Vencido el viejo inconveniente de la conciencia y alejado el riesgo del remordimiento, sólo se necesita algo de arrojo para transgredir las normas que impiden el enriquecimiento ilícito. No es difícil evadirse del peso de la moralidad, entre otras razones porque la codicia es más impulsiva que la conciencia, y sin duda más rentable. Es cuestión de sustituir la conciencia por la conveniencia, dejarse llevar por la tentación y ser capaz de dormir tranquilo. Basta con dar el primer paso, salir impune y no dudar en sucumbir a la tentación de reincidir. El dinero crea una conciencia distinta, una ética hecha a la medida, un remordimiento como de fogueo que en el supuesto de que estorbe el sueño, se aligera suprimiendo el café. Sólo los pobres duermen mal si se saltan las normas. Es un problema educativo. Fuimos instruidos en el respeto a las reglas sociales y asistimos impasibles a la evidencia de que los ricos lo son precisamente por crearse unas normas personales que jamás les producen sobresalto, ni insomnio. A los opulentos no les preocupa lo que de ellos piense Dios. No les importa el qué dirán. Los ricos no tienen conciencia; tienen biógrafo. Es obvio que cuando una señora rica está abatida, no es por culpa de la conciencia, sino porque le falta litio.

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