El pulpo contrariado

El pulpo contrariado

Cuando escribí en 1992 «El Manual del Ecologista Coñazo», lo hice exclusivamente para divertirme. Una diversión formidable y rentable, por cuanto la editorial «Temas de Hoy» premió el opúsculo con generosidad. Y si resulta perdonable la vanidad, debo reconocer que, lo que entonces era fantasía y exageración, hoy es realidad. Como todo ser humano sobre la tierra, soy ecologista, es decir, un enamorado de la naturaleza. Pero la conservación del medio ambiente no debe entorpecer el desarrollo limpio de las riquezas, del mismo modo que la industria y los beneficios económicos no están por encima de los intereses naturales. El ecologismo y el amor por la limpieza de nuestro planeta está en todos los seres que habitamos la Tierra. Pero no el ecologismo profesional y coñazo, que es consecuencia de la caída del muro y la necesidad que tuvo determinada Izquierda sin referencias defendibles de encontrar una salida a su túnel ideológico. Ese ecologismo, por llamarlo de alguna manera, que impidió a un ganadero extremeño instalar una valla para guardar a sus vacas porque molestaba sobremanera el libre deambular de una familia de sapos parteros. Ese ecologismo que no autorizó la construcción de una pequeña nave para guardar piensos y últiles del campo en un solar ya contruido porque habían anidado en su interior, en el interior de unas ruinas, un encantador grupo de mochuelos moteados.

El mismo ecologismo que ha permitido que todas las cuerdas montañosas de España, los altos páramos y las zonas habitualmente ventosas, hayan perdido toda su armonía con esos horribles molinetes de viento que generan una energía tan limpia como carísima. Hay parajes en España, antaño prodigiosos, que no merecen ni un segundo de contemplación en los tiempos actuales. El ecologismo coñazo es caprichoso, sesgado y en algunas ocasiones, claramente ridículo. Está dominado por un «buenismo» elemental que nada tiene que ver con la ciencia. Vuelvo al origen. Este ecologismo es adversario del progreso económico porque nace de una ideología derrumbada económicamente, de un fracaso monumental.

En nuestra nación, en una larga lengua de la España insular canaria, se han descubierto yacimientos petrolíferos. Superados los inconvenientes del pacto ambiental y demás requisitos previos, el Gobierno ha autorizado a Repsol a iniciar la extracción de sus reservas. Se calcula que unos 100.000 barriles diarios con la explotación al máximo ritmo. Y más de cinco mil nuevos puestos de trabajo. España produce en la actualidad 2.000 barriles diarios de hidrocarburos, o lo que es igual, una monda lironda. Los socialistas, los nacionalistas canarios y los ecologistas están que trinan. Y algún pulpo contrariado, que hay que ver la faena que se le va hacer a los pobres pulpos que viven sobre el yacimiento submarino. No se trata de un yacimiento como el de Ayoluego, en Burgos, cercano al Páramo de Masa, que apenas dio petróleo para llenar unos cuantos mecheros «Zippo». Son 100.000 barriles diarios, y toda la riqueza y el ahorro que conllevan.

Esos cinco mil puestos de trabajo y esa riqueza inesperada, han producido un desasosiego y malestar entre los ecologistas coñazo que me ha llevado a la preocupación. Y creo que he sido influido por ellos. Me preocupa la lógica contrariedad del pulpo. Me hiere el grave riesgo del atún, que en su frenético deambular bajo las aguas, no logre esquivar la tubería de la extracción a tiempo y por causa del impacto quede algo tocado en la chochola. Me desanima la perspectiva del nuevo paisaje submarino que van a padecer las sardinas por culpa de los artefactos propios de toda explotación petrolífera. En el fondo, a las sardinas les va pasar lo mismo que a los humanos cuando nos topamos con un ejército invasor de molinos de viento que rompen la armonía de nuestros viejos y queridos paisajes. No obstante, y como se ha demostrado, las plataformas petrolíferas no sólo no molestan a los habitantes de los mares, sino que acogen en su entorno a centenares de especies, como los barcos hundidos. Pero de todos los inconvenientes que dicha explotación aventura, la más perjudicial e injusta es la contrariedad del pulpo. Ni 100.000 barriles diarios para dar la vuelta a la balanza comercial, ni cinco mil puestos de trabajo, ni la posibilidad de enriquecer el nivel de vida de Fuerteventura y Lanzarote. Donde esté el pulpo, la tranquilidad del pulpo, el sosiego del pulpo y la vida feliz del pulpo, que se quite todo lo demás. Hacen bien los socialistas defendiendo al pulpo en contra del desarrollo económico de una región de España. Según tengo entendido, el impacto ambiental es nulo. Pero ese detalle no entra en la capacidad de comprensión de los cefalópodos dibranquiales y octópodos, como sobradamente saben los ecologistas coñazo.

Así que me encuentro en un ¡ay! permanente y un sin vivir en mí que me tiene descuajeringado. Por un lado, una riqueza para España y algunos miles de puestos de trabajo. Por el otro, la contrariedad del pulpo. Hay días que es mejor no despertar para mantenerse en el equilibrio. Bueno, voy a quedar bien para que no me acusen de insolidario. Que se prohíba la explotación. Me quedo con el pulpo.

Alfonso Ussia/larazon.es

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