Besos con estufa

Besos con estufa

Sorprende la condescendiente amabilidad con la que se habla de la violencia de los artistas. Se les disculpan actitudes agresivas que en otros hombres nadie dudaría en descalificar. Hay cierta tendencia a creer que la obra del pintor genial sería menos primorosa sin su violencia personal y que el escritor pendenciero se quedaría sin talento al reprimírsele sus malos modos o al privarle de sus vicios. ¿Será acaso que la creatividad artística es en parte una honrosa y encomiable consecuencia del mal carácter? ¿Eran las bofetadas que Picasso les daba a sus mujeres simples y dolorosos destellos de su talento? ¿Y si resulta que la violencia del artista genera una especie de adicción masoquista en quien la padece? El estoico y abnegado comportamiento de las sufridas amantes de los artistas recuerda mucho al de las mujeres enamoradas de los mafiosos. En los ambientes criminales son frecuentes los casos de mujeres enamoradas sin remedio de tipos que las maltratan. Supongo que cada caso es peculiar, pero la experiencia me dice que la violencia del criminal y la del artista tienen en común su capacidad para desencadenar un extraño grado de dependencia, cuando no se trata de esa sorprendente variante del afecto que se produce cuando la furia ocurre mezclada con la pasión. La agresividad del hombre que empuña el pincel o la pluma no es de mejor calidad moral que la del tipo que sostiene una pistola en la mano. Y no se trata sólo de execrable machismo. He sido leal a mujeres que resultaban fascinantes porque se daba en ellas una equilibrada combinación de ambición, sensualidad y peligro. Suele tratarse de arrebatadoras mujeres con sensibilidad, malicia y grisú. Sé que hacen daño, pero no me importa. Sus besos son tentadores, mórbidos y somníferos como el aliento de una estufa que quemase mal.

José Luis Alvite/larazon.es

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