Analgésico dolor

Analgésico dolor

Acerca de las consecuencias benéficas del caos, me dijo de madrugada un viejo soldado en el Savoy: «Cuesta creerlo, muchacho, pero yo te digo que a veces no hay como sentir espanto para perder el miedo, igual que hay momentos en los, cuando se agudiza, incluso resulta analgésico el dolor. Yo vi como la artillería incandescente gratinaba las lechugas de Normandía al salir mi batallón de aquella encerrona de arena en Omaha Beach. Alguien me dijo que en Arromanches los niños blasfemaban al nacer, a las estatuas se les cerraban los ojos con los fogonazos de los obuses y en el cementerio de Bastogne a los cadáveres de las señoras con el fragor de los combates les había bajado la regla. Y también sé que en las ciudades liberadas alguien juró haber visto a hombres rudos y descreídos que susurraba oraciones que jamás habían aprendido». Aquel tipo se llamaba  Mason Aldrich y fue agente secreto en el Berlín de la Guerra Fría. Renunció a su empleo tras la caída del Muro porque, según escribió en la carta dirigida a su jefe en Fort Langley, «…no pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de que la paz causó en el mundo los estragos a los que ni siquiera se atrevió la artillería en la guerra. Creo que muchas de las construcciones más recientes  no mejoran en absoluto el magnífico aspecto que tenían las ruinas a las que sustituyeron. En Europa ha caído en picado el índice de natalidad porque el egoísmo es más esterilizante y más devastador que la aviación de combate. La Humanidad es ahora un gigantesco mercado, señor, y, ¿sabe que le digo?, el ambiente de las guarderías es más  desangelado que el de las funerarias. Y es muy triste, señor, que en la calle la gente sea más vieja que la muerte».

José Luis Alvite/larazon.es

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