Jinetes y caballos

Jinetes y caballos

En un momento en el que un oyente de la radio expone sus puntos de vista sobre la ejecutoria de los socialistas en la política española, uno de los contertulios se sorprende de que sus compañeros de programa entren en debate con alguien que «expone ideas tan simples». Me consta que el oyente no argumentaba contra los socialistas con simplezas, sino con datos, y que la auténtica ligereza la cometió el contertulio. Esa soberbia de quienes se consideran  politólogos no es nada nuevo en el panorama informativo de un país en el que las clases dirigentes encuentran a menudo en sus serviles correligionarios periodísticos el refuerzo que necesitan para no sentirse por completo responsables del desprecio pretendidamente intelectual con el que tratan a las clases populares. Un verdadero intelectual jamás habría adoptado esa actitud de soberbia frente al oyente, no sólo porque la educación no está reñida con la inteligencia, sino, y sobre todo, porque, a diferencia de los piensos, las ideas no son para tragarlas pensando en que al menos nos engorden. ¡Qué poco conocen la calle todos esos tertulianos! A veces es evidente que no quieren ser confundidos con la gente corriente, como le ocurría en mi infancia a aquel patólogo compostelano que contenía la respiración al pasar consulta a sus pacientes e incluso recogía con asco su dinero al final de la jornada. A mí en esos programas lo que me impresiona es precisamente la lucidez de los oyentes, los conceptos y las expresiones de la gente corriente, todos esos hombres y mujeres que a muchos políticos e intelectuales de medio pelo les parece que sólo resultan útiles para pagar impuestos, transmitir la gripe y prolongar las guerras. No estaría de más que el analista relamido se diese cuenta de que casi nunca el jinete sabe más de hípica que el caballo.

José Luis Alvite/larazon.es

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