A este lado de la calle

A este lado de la calle

No importa que la ciencia diga otra cosa, porque es obvio que un hombre empieza a envejecer desde el momento en el que nace. Lo que ocurre es que hay un comienzo del envejecimiento cronológico que coincide con el auge fisiológico del hombre y por eso dicen los expertos que la decadencia real empieza a partir de los veinticinco años y se agrava a los setenta, que es cuando nos damos cuenta de lo anchas que son algunas calles y lo poco que duran en verde los semáforos. A veces lo que nos asalta es la sensación de que somos víctimas de una vejez existencial, de una biografía sumarial y efímera, y creemos que nuestra existencia es apenas todos esos años que tarda en pasar el último día de nuestras vidas. Lo que no se entiende muy bien es que sea en los años de la juventud cuando percibimos el premio del tiempo y más prisa nos corre hacer las cosas. En mi caso creo que he resistido bien la tentación de las prisas de la juventud y estoy preparado emocionalmente para relajarme frente a la proximidad del final. Yo jamás he vivido por el reloj, ni he quedado sin aliento al atarme los zapatos. De muchacho viví resignado a la idea de que nada valdría la pena tomarlo con prisa porque tendría los días contados. Y ahora que soy mayor, me doy cuenta de la inmensa suerte que he tenido por no haber llegado muerto a estas alturas de mi vida. A veces pienso que dentro de poco me vendrán anchas las calles de la ciudad y se me hará demasiado breve la luz verde de los semáforos. Pero para entonces sé que me quedará el recurso de llamarle sabiduría a la resignación. Y me reafirmaré en la idea de que la felicidad consiste en aceptar que lo mejor de nuestras vidas está siempre a este lado de la calle.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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