¿Qué tan nefasto es el PRI?

¿Qué tan nefasto es el PRI?

La pretensión del Partido Acción Nacional de ganar las siguientes elecciones presidenciales a como dé lugar, aduciendo que hay que cerrarle el paso al PRI también a como dé lugar (y, supongo, justificando luego, a toro pasado, que aquello habrá ocurrido haiga sido como haiga sido) porque el retorno del antiguo partido oficial significaría una especie de hecatombe nacional, esa pretensión —lo repito— no termina de parecerme del todo legítima.

Si el PRI, principal partido de México, es una cosa tan nefasta entonces debería desaparecer pura y simplemente. No es saludable para la vida pública que parecido engendro esté metido en las entrañas del sistema político. Pero, mira, el Partido Revolucionario Institucional, como el dinosaurio del cuento del Monterroso, sigue ahí. Es más, se trata de una institución tan concreta como la realidad de que millones de mexicanos votan a su favor y de que se acomodan perfectamente a su existencia. Destruir parecida maquinaria sería ir en contra de la voluntad de esos ciudadanos y desconocer su soberanía.

Uno puede, en determinado momento, disentir de que ciertos usos y costumbres sigan teniendo vigencia en la vida pública. Para mayores señas, el corporativismo, una de las más acabadas invenciones del partido tricolor, resulta ser verdaderamente pernicioso para la sociedad mexicana; los sindicatos “únicos”, botín de líderes encargados de suministrar votos a sus valedores políticos, son otra expresión de un sistema que no promueve las libertades individuales —las de unos trabajadores, en este caso, que no pueden siquiera organizarse espontáneamente para conformar sus propias organizaciones y que no pueden exigir una cabal rendición de cuentas sobre el manejo de las cuotas sindicales (aparte de que pueden ser despedidos en el momento en que lo decida el sindicato sin que el patrón pueda mantenerlos en su puesto de trabajo)— sino que ha fue diseñado para controlar a los individuos; y, lastbutnotleast, la machacona persistencia de los dogmas y los mitos de una “Revolución Mexicana” que no nos ha hecho, a estas alturas, ser un país más próspero, más justo y más igualitario que muchos otros que, sin las encendidas retóricas patrioteras y las demagogias del priismo, han progresado mucho más.

¿Hay que cambiar todo esto? Sí, desde luego. Y quien hubiera podido hacerlo, si hubiera tenido la más mínima conciencia de su responsabilidad histórica y el más ínfimo sentido de lo que significa ser un hombre de Estado, se llama Vicente Fox. Ocurrió, sin embargo, que dejó el sistema intacto, que no emprendió reforma de fondo alguna, que dejó intocados muchos intereses y, por lo tanto, que no podemos, a estas alturas, hablar de un antes y un después sino, por el contrario, que seguimos inquietándonos grandemente de que los otros vuelvan, como siempre, a las andadas.

No hemos visto, tampoco, una depuración mínimamente razonable del sistema judicial ni una reforma del aparato educativo. En fin, son muchas las asignaturas pendientes y, por lo que parece, no es cosa fácil gobernar a este país ni mucho menos transformarlo. Ahora bien, ese PRI —ahora denostado y, en su momento, despreciado por el actual Ejecutivo como compañero de ruta y socio para emprender los cambios— es también el partido que promovió, hace buen tiempo, una reforma política y el que impulsó la creación de instituciones como el IFE. Es también el partido que, respetuoso de la institucionalidad, respaldó a Felipe Calderón cuando tomó posesión de su cargo. Y ha sido un partido, por lo menos a lo largo de este sexenio, donde ha habido interlocutores —ahí está todavía Manlio Fabio Beltrones, para quien quiera escucharlo— con los que Felipe Calderón hubiera podido concretar acuerdos mucho más benéficos para la nación que esas alianzas, fatalmente ocasionales y fugaces, que formó con la gente que lo llamaba “espurio” y que siempre le dio la espalda. Hay que saber elegir a los amigos o, por lo menos, a la gente que te va a acompañar en el camino.

Ese PRI, tal vez renovado (no lo sabemos todavía), tiene toda la legitimidad, dentro de un sistema democrático, para figurar como un contendiente perfectamente respetable en las próximas elecciones presidenciales. Y es que esto, lo de competir, es un asunto de varios contendientes, señoras y señores. Uno de ellos es el PRI. Ahí está también el PRD. En cuanto al PAN, ¿quieren gobernar 70 años, como los de antes? Lo vuelvo a decir: no creo que sea una aspiración muy legítima. Y, en todo caso, eso lo decidiremos nosotros, los ciudadanos.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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